Creer no es aceptar ideas. Es adherirse a una persona. Es jugar la vida en Él. Es confiar, aun cuando no haya señales claras.
“Venir a Jesús” es seguir sus pasos: amar, perdonar, servir. Es dejar que la vida tome forma de Evangelio.
Jesús se presenta como el Pan de Vida. No como un concepto, sino como alimento. Él sacia el hambre más profunda: hambre de sentido, de dignidad, de amor.
Y cuando comemos de ese Pan, no podemos quedarnos iguales. La comunión nos convierte en misión. Nos vuelve pan para los demás.
Ahí se juega todo. En un mundo herido, donde sobra el descarte y falta el pan, el cristiano está llamado a partir su propia vida. A compartir, a levantar, a no pasar de largo.

