La Eucaristía es el lugar donde este misterio se hace presente. No es un rito vacío ni un gesto más: es encuentro real con Jesús que se entrega como alimento. Es el Pan que no se acaba, el Pan que nos sostiene y nos envía.
Quien comulga de verdad no puede seguir igual. El Pan partido nos vuelve pan para los demás. Nos empuja a salir, a compartir, a no acostumbrarnos a que otros sigan teniendo hambre —de pan, de dignidad, de sentido.
Ahí está el llamado profético: pasar de buscar a Jesús por lo que nos da, a seguirlo por lo que es. Y dejarnos transformar por Él hasta que nuestra vida, como la suya, también se vuelva entrega.

