Cuando los discípulos quieren recibirlo en la barca, llegan a la otra orilla. Es un detalle profundo: con Jesús, el camino encuentra sentido y destino.
Ahí hay una palabra profética para nosotros: no es la ausencia de tormentas lo que salva, es la presencia de Jesús en medio de ellas.
Y también una conversión necesaria: dejar de pensar a Dios como alguien que se acerca para castigar. Jesús viene a salvar, a levantar, a buscar lo perdido. Nos revela un Dios cercano, misericordioso, que camina con su pueblo y hace más llevadera la carga.
Pero el Evangelio no se queda ahí. Nos compromete.
Estamos llamados a ser, nosotros también, esa cercanía de Dios para los demás. A ser presencia que calma, que sostiene, que devuelve esperanza. A no aumentar el miedo, sino a abrir caminos de confianza.
Porque la Iglesia es esa barca: todos vamos en ella. Y en medio de las dificultades, seguimos escuchando la misma voz: “Yo soy, no tengan miedo”.

