Cada uno de nosotros va moldeando su vida con las decisiones que toma. En esa libertad se juega todo: abrirnos a la acción de Dios o cerrarnos sobre nosotros mismos.
La vida eterna que Jesús trae no empieza después de la muerte. Empieza ahora. Es una vida plena, sostenida en el amor del Padre y vivida en fraternidad.
Es una vida que transforma el corazón… y, desde ahí, empieza a cambiar el mundo.

