La alegría pascual no es evasión ni olvido. No nos aleja del sufrimiento del mundo. Al contrario: nos acerca más a los crucificados de hoy. Nos hace más sensibles, más comprometidos, más humanos.
Y entonces aparece la misión. Los que seguimos a Jesús estamos llamados a dar testimonio con la vida. A mostrar, en lo concreto, que la justicia y la misericordia de Dios no son palabras, sino una realidad que ya empezó. Ese testimonio será creíble cuando nuestra vida hable. Cuando encarnemos un modo de vivir que crea de verdad en el Reino, y por eso lo construya día a día. Cuando nuestra fe deje de ser discurso y se vuelva carne, cercanía, entrega. Porque el Resucitado no es una idea del pasado: es una presencia viva que sigue abriendo caminos… y nos envía a caminar.

