Ahí está el corazón de la fe: dejarnos llamar por nuestro nombre, descubrir que no creemos en algo, sino en Alguien que nos conoce, que nos busca y nos sale al encuentro en medio de nuestras lágrimas. María deja de mirar el sepulcro, deja el pasado, y se le abre un horizonte nuevo: la vida que empieza.
Pero cuando lo reconoce, quiere retenerlo, aferrarse, como queriendo que nada cambie más. Y Jesús le dice: “No me retengas”, porque la fe no es poseer a Jesús, sino seguirlo; no es encerrarlo en nuestras seguridades, sino dejarnos enviar. El Resucitado no se deja atrapar: se recibe, se cree, se anuncia.
Por eso María pasa del llanto a la misión, de buscar a un muerto a anunciar a un Viviente, y se convierte en la primera mensajera, la apóstol de los apóstoles. Y ahí aparece una clave fuerte para nosotros: la fe verdadera siempre se vuelve anuncio. Si realmente nos encontramos con Jesús, no lo podemos guardar para nosotros.

