Es la tarde del amor nuevo: un amor que perdona, que confía, que no se retira. “Padre, perdónalos… en tus manos encomiendo mi espíritu.” Ahí se resume todo: el perdón que vence al odio, la confianza que atraviesa la muerte.
Vivir así es dejarnos transformar por esa vida nueva que nace en la cruz. Es aprender a mirar al Crucificado, que ya vive, y dejar que su modo de amar se vuelva el nuestro.
Como Iglesia, llamada a ser signo de reconciliación, necesitamos volver una y otra vez a este misterio, no solo en los ritos, sino en la vida. Que su pasión nos toque, que su entrega nos cambie, que su amor nos haga nuevos.


