“Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo”. Ese gesto lleva dentro la cruz. Jesús se despoja, como será despojado de todo. Su vida entera —sus palabras, sus milagros, su cercanía con los pecadores— encuentra su verdad en ese amor que se inclina, que se ensucia las manos, que se da sin medida.
Ahí se nos revela el camino: la verdadera vida no es acumular, ni imponerse, ni ocupar lugares de poder. Es ponerse a los pies de los otros. Es hacer de la propia vida un servicio.
Y Jesús no solo muestra el camino: se queda. Parte el pan, comparte el vino, y se da Él mismo como alimento. No es un recuerdo vacío: es presencia viva. Es fuerza para seguir amando cuando cuesta, para sostenerse cuando todo parece caer, para no retroceder ante la cruz.


