Entramos en la Semana Santa. Seis días antes de la Pascua, Jesús está en Betania, en la casa de Lázaro, a quien había resucitado. Y ese detalle no es menor: une la vida nueva que ya empezó con la entrega que está por venir. La Pascua no es algo inesperado, es el camino del amor llevado hasta el final.
En ese clima aparece María. No calcula, no espera, no se guarda nada. Toma la iniciativa y unge a Jesús con perfume de nardo, caro y en abundancia. Es un gesto que desborda: amor agradecido que no mide, que se entrega del todo. Es la gratitud hecha gesto.
Pero en la misma escena aparece Judas. Él también está cerca… pero su corazón está lejos. No se deja tocar ni transformar. Reduce el amor a cuentas, lo vuelve cálculo y pierde su sentido. Y ahí aparece el problema: un corazón cerrado al amor termina justificando la traición.
Y la Palabra nos pone frente a una decisión, hoy. No es solo una escena del pasado, es un espejo. Yo también puedo ser María, cuando dejo que el amor se haga gesto concreto. Y también puedo ser Judas, cuando me encierro, cuando pongo condiciones, cuando no me dejo amar.

