La Pasión de Cristo es, en el fondo, la pasión de Dios por la humanidad.
En esa entrega total se hace visible un amor que no se guarda nada, un amor que llega hasta el extremo.
Y esa Pasión continúa hoy viva en cada hombre y mujer que sufre: en los pobres, en los descartados, en los que cargan dolores físicos, morales o espirituales.
En cada herida del mundo, Cristo vuelve a ser crucificado.
Por eso, el único signo verdadero del discípulo es la compasión que se hace gesto, cercanía, compromiso.
Cristo asumió toda la vida humana, con su dolor y su muerte.
Y nuestra contemplación de la cruz será verdadera si nos vuelve más humanos: si nos hace cargar con el dolor de otros, luchar contra el sufrimiento y vivir con esperanza.
Porque la cruz no es el final.
Es el paso.
Es el lugar donde el amor vence.

