Jesús nos invita a salir de la lógica fría de la ley y entrar en el camino vivo de la misericordia. No para justificar el mal, sino para transformarlo desde dentro.
Porque Jesús no vino a juzgar, sino a salvar. Y nos abre un camino nuevo: el de mirar al otro con compasión, el de reconocer con sinceridad nuestro propio pecado, el de dejarnos alcanzar por el perdón que Dios ofrece sin medida.
Pero ese camino no es superficial. Exige que dejemos a Jesús entrar hasta lo más profundo. Que lo dejemos bajar hasta el fondo del corazón, ahí donde están nuestras heridas, nuestras oscuridades, nuestras verdades no dichas.

