Jesús aparece como signo de contradicción. Su sola presencia divide. Obliga a tomar posición. No permite la neutralidad.
Esto no quedó en el pasado. También hoy Jesús incomoda. En un mundo que valora el poder, la imagen y el éxito, su humildad y su autoridad interior resultan desconcertantes. Un hombre sencillo que habla de vida eterna, de verdad y de libertad interior, sigue cuestionando nuestras seguridades.
Dios no se impone. Se ofrece. Jesús no obliga; invita. Pero su invitación exige decisión. No se puede responder a medias. La fe no es simpatía pasajera, es adhesión del corazón.
Los milagros, por sí solos, no alcanzan. Hace falta humildad para reconocer la acción de Dios. Ante los mismos hechos, unos creen y otros se cierran. Así fue entonces y así es ahora.
La pregunta sigue en pie: ¿quién es Jesús para mí? No basta repetir lo que otros dicen. Hay que tomar postura.

