Cuando habla del Padre, no lo hace como cualquier hombre. Los que lo escuchan lo entienden bien: no está diciendo que Dios es Padre en un sentido general. Está afirmando una relación única, natural. Se presenta como igual al Padre, aunque distinto en persona. Y eso significa algo inmenso: en Jesús, Dios mismo ha salido a nuestro encuentro.
Por eso el Padre le confía lo que solo pertenece a Dios: el poder de dar vida y la autoridad de juzgar. Pero ese juicio no es un tribunal lejano al final de los tiempos. El juicio comienza ahora. Se juega en la actitud que cada uno toma frente a Jesús.
Su presencia provoca una decisión. Él es el criterio. No hay ley, tradición o sistema que pueda colocarse por encima de Él. No se puede invocar a Dios contra Jesús. Estar con Jesús es estar con Dios. Rechazarlo es cerrarse al mismo Dios.

