A los dirigentes no les alegra la curación; les escandaliza la libertad. Prefieren la norma al hombre vivo. Y por eso, desde ese momento, empiezan a pensar en matarlo. La vida que Jesús trae desenmascara todo sistema que oprime.
Este Evangelio nos interpela hoy. ¿Dónde están nuestras parálisis? ¿Qué leyes, miedos o culpas nos mantienen postrados? ¿Cuántas veces esperamos que “algo” cambie, pero no damos el paso de confiar en la palabra de Jesús?
En el Bautismo hemos sido sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo. Hemos recibido el agua viva del Espíritu. No estamos llamados a vivir arrastrándonos por los puertas de una fe triste, sino a caminar como hombres y mujeres de pie.
Dios no quiere creyentes paralizados. Quiere hijos que caminen. Quiere una Iglesia que levante a los caídos, que no condene desde los atrios, sino que salga al encuentro.

