El verdadero milagro no es solo recuperar la vista física. Es recibir una mirada nueva sobre la realidad. Jesús nos ofrece ver como Dios ve: descubrir el sentido profundo de las cosas, de los acontecimientos, de nuestra propia vida. La primera realidad que Dios quiere iluminarnos somos nosotros mismos.
La mirada de Dios, hecha carne en Jesús, nos sana de nuestras visiones deformadas: del prejuicio, del orgullo, de la superficialidad, del miedo. Es una luz que entra hasta lo más hondo y nos revela la verdad.
Pero hay una condición: reconocer que somos ciegos. La peor ceguera es creer que vemos. El ciego acepta su límite y se deja conducir. Los fariseos, seguros de sí mismos, se cierran. La luz no fuerza; se ofrece. Solo ilumina al que se deja tocar.

