Dios se deja encontrar por los sencillos, por los que no lo han reducido a sus ideas. Él no es un concepto manejable; es Alguien vivo, siempre nuevo, que irrumpe y descoloca. Cuando entra en nuestra vida rompe seguridades, desmonta imágenes falsas y nos coloca frente al desafío de creer de verdad.
Por eso acoger a Cristo no es privilegio de unos pocos. Es posibilidad abierta a todo el que sabe reconocer sus signos en la vida diaria: en una viuda que espera pan, en un enfermo olvidado, en un pobre que clama justicia. Allí sigue pasando el Señor.
Pero para reconocerlo necesitamos estar sedientos. Sedientos de Dios. Sedientos de una verdad que nos supere. Sedientos de una vida que no se reduzca a lo inmediato.

