En un mundo que invita a buscar el bienestar personal a cualquier precio, que valora el éxito visible y el reconocimiento inmediato, el camino de la Pascua nos propone otra lógica: la del servicio humilde, la del último lugar, la del amor que se da sin cálculo. Esa es la verdadera grandeza.
Ser discípulos significa estar dispuestos a servir, a beber el cáliz del Señor, a unir nuestras pequeñas cruces a la suya por el bien de los demás, especialmente de los pobres y excluidos. Significa comprender que la gloria pasa por la cruz cotidiana: en los gestos pequeños, en la fidelidad silenciosa, en la paciencia, en el compromiso concreto por la justicia.

