Convertirse es permitir que el amor del Padre nos abrace de verdad. Cuando uno se sabe amado sin medida, empieza a amar sin medida. Entonces nace la compasión auténtica: no una lástima distante, sino la capacidad de ponerse al lado del otro, de sentir con él, de cargar con su dolor y responder con gestos concretos.
“Con la medida con que midan, serán medidos”. La medida de Dios es desbordante. Él no da en pequeñas dosis. Por eso la fe cristiana no es una religión del cálculo, sino del exceso de amor. Recibimos un amor que nos supera, que no podemos controlar ni administrar a nuestro antojo. Solo podemos acogerlo con gratitud y dejar que pase a través de nosotros hacia los demás.
Ese es el camino profético que Jesús nos propone: vivir un amor sin fronteras, que refleje en medio del mundo el corazón del Padre.

