La santidad que propone Jesús no es aislamiento, sino compromiso. No es pureza que excluye, sino amor que integra. Es vivir como hijos de un mismo Padre, reconociendo que todos somos hermanos.
El Evangelio nos saca de una religión cómoda y nos introduce en una vida exigente y luminosa. Nos llama a amar hasta el final, a perdonar sin medida, a construir unidad donde hay división. Allí se hace visible el Reino: en una comunidad que no se conforma con cumplir, sino que se atreve a amar con la misma medida con que ha sido amada.

