Si de verdad queremos “salvar la vida”, el camino está claro: seguir a Jesucristo. Aceptar la cruz cotidiana sin resignación, sino con amor. Acercarnos a los hombres y mujeres que hoy cargan su propio calvario: los pobres, los enfermos, los descartados, los heridos por la vida. Allí, en esos rostros, Cristo sigue esperando nuestra respuesta.
Cuando elegimos amar así, algo nuevo comienza. La cruz deja de ser derrota y se convierte en paso. Y tanto ellos como nosotros empezamos a vivir ya, en medio de la historia, la alegría anticipada de la vida sin término: la vida del Resucitado.


