El milagro que Jesús quiere hoy no es un gesto extraordinario que nos exima del compromiso. Es el milagro cotidiano de la fraternidad. Multiplicar pan, paz, cultura, oportunidades, esperanza. No con poder mágico, sino con un corazón convertido.
La ambición divide; el amor congrega. El miedo acumula; la fe comparte.
Si ponemos lo poco que somos y tenemos en las manos de Cristo, Él seguirá diciendo a nuestro mundo hambriento: “Denles ustedes de comer”. Y entonces lo imposible comenzará a volverse historia.


