Jesús sigue diciendo “ábrete” a nuestra Iglesia y a cada uno de nosotros. Nos quiere con los oídos abiertos para escuchar a Dios y al hermano, y con los labios desatados para anunciar la Buena Noticia y defender la dignidad humana.
El Resucitado continúa actuando hoy en su Iglesia mediante gestos concretos: la imposición de manos, la unción, la bendición. Son signos sencillos, tomados de la vida humana, pero cargados de presencia divina. Dios sigue tocando nuestra historia con gestos humildes.
El desafío es claro: dejar que Él nos abra. Porque cuando el corazón se abre, se rompe el aislamiento; cuando el oído se abre, nace la fe; cuando la lengua se suelta, comienza la misión. Y entonces también de nosotros podrán decir: “Todo lo ha hecho bien”.


