Jesús no ofrece medias tintas. No hay lugar para un “algo sí”. O se entra en el camino del Reino o se queda uno al borde. No se puede ser “algo” sal ni “algo” luz. La sal solo sirve si se gasta; la luz, si se expone. Administrarlas con miedo o esconderlas por comodidad las vuelve inútiles.
Cuando Jesús nos llama a ser luz del mundo, primero nos invita a dejarnos iluminar por Él. El que se deja atravesar por la luz de Cristo se vuelve luz. No por brillo propio, sino porque se hace transparencia de un don recibido. Y eso se nota. Como una ciudad construida en lo alto de un monte, una fe vivida de verdad no puede ocultarse.

