También hoy Jesús nos llama a todos a ser discípulos y misioneros del Reino. Es una invitación a desapegarnos de todo lo que se interpone entre nosotros y el proyecto del Reino, en la vida personal y en la vida comunitaria. Siempre existe el riesgo de poner en primer lugar nuestros intereses o los de nuestras instituciones, relegando el sueño de Jesús a un segundo plano.
La Iglesia no existe para servirse a sí misma ni para defender sus estructuras. Existe para servir al Reino de Dios en medio de la historia. Desde la radicalidad del Evangelio, está llamada a sanar a las personas y a la sociedad del egoísmo que mata, a expulsar los demonios que generan corrupción, empobrecimiento y muerte.


