El Reino de Dios no depende de nuestras fuerzas ni de nuestras debilidades: es obra de Dios. Él hace nacer frutos inesperados desde lo pequeño y lo que el mundo desprecia.
Por eso no debemos vivir angustiados por los resultados ni exigir frutos inmediatos. La impaciencia revela desconfianza en el Dueño de la mies. A nosotros se nos pide abrir el corazón como tierra buena, trabajar con fidelidad, pero sin ansiedad.
El protagonista es Dios. El Reino crece desde dentro, por la fuerza del Espíritu, y da frutos de solidaridad, de servicio y de vida nueva, especialmente entre los pobres. Allí donde el mundo descarta, Dios hace brotar refugio y esperanza.


