Así ama Cristo. Así siembra. Aquí y allá, una y otra vez, con la esperanza de que la Palabra eche raíces, crezca y dé fruto.
Así también está llamada a vivir su misión la Iglesia. No sabemos de antemano qué terrenos darán fruto. No nos corresponde juzgar ni anticipar el juicio de Dios. Estamos llamados a no desanimarnos, a no dejarnos llevar por cálculos humanos, a no perder el ardor del anuncio.
Jesús nos asegura que la semilla dará fruto. Aunque el mundo parezca un terreno árido: una juventud dispersa, una sociedad superficial, la falta de vocaciones, las heridas y límites dentro de la misma Iglesia. La Palabra de Dios tiene fuerza, y germina incluso contra toda apariencia de esterilidad.
Jesús nos invita a no perder la esperanza ni la confianza. Es Dios quien hace crecer el Reino. Nosotros solo colaboramos. Él es el que da el crecimiento. Él es el único que salva.


