Y esa respuesta es: «Conviértanse». La conversión no nace del miedo ni del esfuerzo moral, sino del encuentro con el amor sorprendente de Dios que se revela en Jesús. Convertirse no es refugiarse en una espiritualidad intimista, sino reorientar la vida entera. Es pasar a formar parte de un pueblo de discípulos que vive el mandamiento del amor y trabaja por la transformación del mundo.
Por eso Jesús llama a otros para caminar con Él. Busca compañeros de misión, “pescadores de hombres”. Llama a Pedro, a Andrés, a Santiago y a Juan. El Evangelio subraya un detalle decisivo: dejan las redes, la barca y hasta al padre, y lo siguen inmediatamente.


