El proyecto de Jesús es universal: judíos y paganos, sin distinción. Ya no hay un pueblo elegido frente a otros excluidos, sino una humanidad herida y necesitada, a la que se le ofrece la salvación que brota del amor. El Evangelio es para todos, incluso para quienes no son dueños de sí mismos, para los que sufren enfermedades físicas, morales o espirituales que los deshumanizan.
Esta es la misión de la Iglesia: cuidar el bien de aquellos a quienes somos enviados y anunciar el Evangelio no sólo con palabras, sino con gestos concretos de cercanía, ternura, justicia y misericordia. Sólo así seremos portadores de Cristo y de su acción salvadora en medio del mundo.


