¿Qué permanecerá de nuestros esfuerzos, de nuestros cumplimientos, de nuestras tareas como hijos de Dios? La respuesta de Jesús es clara y exigente: de todo lo vivido, solo quedará lo que haya sido amor. Solo permanecerá lo que hayamos hecho por los demás, lo que haya construido solidaridad, justicia, bien y felicidad para la humanidad.
El mundo nos dice que ayudar, servir y hacer el bien nos limita. Pero la vida, la pasión y la resurrección de Jesús nos revelan lo contrario: crear vida, regalar esperanza, aliviar el dolor, estar cerca del que sufre, dar lo que otros necesitan de nosotros, es el camino a la plenitud verdadera. En Jesucristo, el sábado deja de ser cierre y se abre al don del domingo, al amanecer de una vida nueva que no se detiene ante ninguna excusa cuando el amor está en juego.


