La gran esperanza del Reino no elimina nuestras pequeñas esperanzas cotidianas: las ilumina. Las convierte en señales del camino que vamos haciendo desde nuestras esclavitudes hasta la libertad, desde nuestras sombras hasta la casa del Padre.
La venida última del Señor será al final de los tiempos. Pero hoy nos interesa especialmente su venida en lo cotidiano, esa presencia silenciosa y constante que toca nuestra vida en medio del trabajo, de las tareas simples, de nuestras búsquedas y luchas de cada día —como recuerda el Evangelio al hablarnos de Noé, de quienes trabajan en el campo o en casa, o de la sorpresa del ladrón nocturno.
Dios siempre viene. Y siempre viene para salvar.
Adviento es tiempo de vigilar con el corazón despierto, tiempo de escuchar la Palabra, de caminar a la luz del Señor, de leer con profundidad la historia, de dejarnos mover por el Espíritu que enciende en nosotros la esperanza que el mundo necesita. Vigilar es creer. Vigilar es comprometerse. Vigilar es esperar activamente.


