También nosotros nos parecemos a ese ciego. Vemos muchas cosas, pero no siempre percibimos su profundidad. A veces quedamos sentados al borde del camino, confundidos, sabiendo que necesitamos ayuda pero sin fuerzas para avanzar. La Palabra nos recuerda que necesitamos ser curados por Jesús, recuperar la mirada para poder seguirlo por el camino de la vida.
El evangelio nos invita a clamar como él: con insistencia, con audacia. Su grito —como el de la viuda— representa el clamor de los pobres, de quienes buscan sentido en medio de la oscuridad. Ayer como hoy, muchos intentan silenciar esos gritos. Pero el clamor de los que buscan a Jesús, creen en Él y quieren seguirlo, se vuelve cada vez más fuerte.
Es el grito de quienes no se resignan a la oscuridad, de quienes esperan la luz y la reciben como camino de discipulado y vida nueva.


