Ser discípulo hoy es vivir con decisión asumiendo que el Evangelio incomoda a los poderosos, desafía la lógica del mundo y, muchas veces, provoca rechazo, burla o persecución. El Evangelio es un camino para arriesgados, para quienes se atreven a dejarse encender por el fuego de Dios.
En un mundo que exalta otros valores y mide con criterios ajenos al Reino, la Iglesia está llamada a ser discípula y misionera, a vivir apasionada por el horizonte del Reino y a trabajar, con lucidez y valentía, por las transformaciones que hagan de ella y de su mundo un signo vivo del amor de Cristo: una comunidad que defiende la vida, que construye puentes, que denuncia la corrupción, que acoge al migrante y que siembra reconciliación donde otros solo siembran división.


