A Jesús se lo sigue entero o no se lo sigue. No se puede separar su gloria de su pasión, su amor de su entrega, su victoria de su cruz.
El Evangelio no es un menú del que elegimos lo que más nos gusta. Es un camino que se recorre con Él, hasta el final.
Pedro lo tuvo que aprender. Pasó por el miedo, la negación, el dolor. Y fue allí donde su fe se volvió más verdadera, más fuerte, más libre.
También nosotros estamos llamados a esa transformación. Porque la tentación de confesar a Jesús con los labios y vivir con criterios del mundo siempre nos ronda. Por eso, el Evangelio hoy nos sacude: no basta con proclamarlo, hay que vivirlo.
Hay que dejar que nuestra fe crezca, se purifique, madure. Y no tener miedo de la cruz. Porque solo la fe que pasa por la entrega se vuelve testimonio.


