Jesús nos advierte: el Reino de Dios no se impone por la fuerza ni se instala desde afuera.
Nos pone frente a las causas del fracaso, no para condenarnos, sino para despertarnos. Para que no nos resignemos a una fe sin raíz, ni a una comunidad sin fruto. Nos llama a trabajar la tierra del corazón, a cultivar la profundidad y a mantener viva la llama del compromiso.
La “tierra buena” es promesa y esperanza: podemos compartir la vida y la suerte de Jesús si dejamos que su Palabra nos transforme. Su Reino ya está sembrado… solo espera corazones dispuestos a dar fruto abundante.



