ORACIÓN Y EFICACIA
Este pasaje del Evangelio según San Mateo, ha sido caratulado, por sobradas razones, con el nombre de la eficacia de la oración. Es siempre imprescindible tener presente y hacer vida, que todo lo podemos de la mano de Aquél que nos ama sin límites, y ese amor se nos acrecienta -como todos los amores- en la medida que madura y se profundiza la escucha y el diálogo con la persona que amamos, en este caso, la oración con la que nos confiamos a Dios. Desde la fe y por esa Gracia inconmensurable y asombrosa, no quedaremos abandonados a nuestra suerte.
Pero hay más -siempre hay más- y quizás otro aspecto fundamental de la Palabra para el día de hoy, sea su carácter decididamente personal.
Jesús de Nazaret revela el rostro bondadoso de un Dios trascendente e infinito, pero que no es lejano e inaccesible. Él nos habla de un Dios cercano a cada mujer y a cada hombre, preocupado y ocupado en todas sus necesidades, aun en las que puedan aparecerse como nimias o irrelevantes. A este Dios todo le interesa; para este Dios todas las cuestiones de sus hijas e hijos cuentan.
Por eso, cuando pedimos, nuestros ruegos no devienen en una fórmula abstracta y repetitiva: siempre hay Alguien que escucha y responde; la búsqueda sincera jamás es estéril, y cuando con confianza llamamos a una puerta, es Él mismo quien sale a recibirnos.
Tal vez, entonces, nuestra oración se vuelve verdaderamente eficaz cuando redescubrimos la mejor de las noticias: que Dios es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida y, más aun, jamás se olvida de nosotros, a pesar de nuestros quebrantos y nuestras miserias.
Paz y Bien.


