Hay heridas que muchas veces permanecen invisibles y que se viven en la mås profunda soledad. Quienes atraviesan una enfermedad mental suelen enfrentar, ademås del propio sufrimiento, el peso del estigma y la indiferencia de quienes miran hacia otro lado. Frente a esta realidad, la Iglesia estå llamada a ser casa abierta, comunidad que escucha sin juzgar y que acompaña.