UNA IGLESIA ENCARNADA

Roberto Esteban Duque – Religión Digital

En ‘Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual‘, Massimo Borguesi señala la “ortodoxia” de Francisco, destacando la continuidad existente entre el actual pontífice y sus dos predecesores en defender que la vía de la misericordia es la opción de la Iglesia para el mundo de hoy.

Para el filósofo italiano, cualquier incomprensión hacia el Papa deriva de haber “establecido un orden distinto en la transmisión de la fe”. Francisco no ha querido un cristianismo elitista, sino atento al pobre, no que la batalla cultural por unos cuantos valores morales capitalizase totalmente la Iglesia, porque entonces no sería capaz de anunciar la alegría del Evangelio. El acento, por el contrario, ha recaído en la insistencia sobre “la dimensión encarnada del Evangelio”, en una Iglesia comprendida como un “hospital de campaña”, que se concreta en asuntos como la atención a la fragilidad -especialmente de migrantes, víctimas de trata y víctimas del aborto- o la custodia de la Creación: “la Iglesia necesita encarnación, no manos puras”. 

Piensa, asimismo, Borguesi que el pontificado de Francisco se ha caracterizado por la crítica al clericalismo como una de las enfermedades fundamentales de la Iglesia: “Una Iglesia clerical es una que se cierra al mundo porque tiene miedo, y lo percibe como enemigo”, señalando que el Papa entiende un cristianismo que empieza en una propuesta positiva, no desde la oposición. Esta hostilidad hacia el mundo lleva a la politización de la Iglesia y a la búsqueda del clericalismo del poder, que actúa como una potestad indirecta para conducir la política desde criterios e intereses eclesiásticos, así como a esconder los propios pecados, como la deliberada ocultación durante décadas de los casos de pederastia. El Papa formula la necesidad de trascender una visión de Iglesia meramente sociológica y formal para disponerla en el camino del servicio y la evangelización, llamando a descubrir un camino sinodal, participativo, para una Iglesia del futuro “abierta para todos”. 

Desde su elección en 2013, el papa Francisco no ha dejado de intervenir en el debate mundial sobre las causas de la exclusión social y la crisis ecológica padecida, considerando la hegemonía del paradigma tecnocrático, sostenido en un antropocentrismo desviado que reduce el ser humano a la condición de mercancía, como la principal de las causas. Este paradigma tecnocrático denunciado por el pontífice consiste en una ideología según la cual el poder de la ciencia y de la técnica aplicado a la vida económica y social conducirá al progreso y estado final de la evolución humana, arrastrando a la exclusión social y a la degradación ambiental. A su vez, el antropocentrismo desviado, fundamento del paradigma tecnocrático, tiene dos consecuencias: la idolatría del dinero, en el ámbito económico y social, y el consumismo, en el ámbito de las existencias individuales. Es decir, la crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: la negación de la primacía del ser humano. 

Pero donde se presenta más profético es en lo referido al cambio climático, increpando fuertemente a la política internacional. Francisco solicita un control mayor y una lucha más sincera contra la corrupción frente a poderes económicos donde prima la especulación e ignora los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente. Así se manifiesta que “la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas”.

Acusa al capitalismo global, dominado por el primado de las finanzas, de los graves males sociales y ambientales que padece el mundo. Las enormes desigualdades entre unos y otros provienen de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, a lo que habría que añadir una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. Surgirá así lo que califica como la “cultura del descarte” y la “globalización de la indiferencia”.

El pontificado de Francisco tampoco se olvida de la difícil situación en que se encuentra en la actualidad la familia. Así lo afirma en la exhortación apostólica Amoris laetitia: “Nadie puede pensar que debilitar a la familia como sociedad natural fundada en el matrimonio es algo que favorece a la sociedad. Ocurre lo contrario: perjudica la maduración de las personas, el cultivo de los valores comunitarios y el desarrollo ético de las ciudades y de los pueblos”. Piensa el Santo Padre que “el descenso demográfico, debido a una mentalidad antinatalista y promovido por las políticas mundiales de salud reproductiva, no sólo determina una situación en la que el sucederse de las generaciones ya no está asegurado, sino que se corre el riesgo de que con el tiempo lleve a un empobrecimiento económico y a una pérdida de esperanza en el futuro”.

Por otro lado, hay que llamar con apremio a la responsabilidad individual: no podemos esperar que el Estado resuelva nuestras necesidades básicas. Externalizar la responsabilidad al Estado y no re-internalizarla sólo contribuirá a la cronificación del drama demográfico. El Papa advierte sobre una cultura que no promueve el amor y la entrega, centrada en el narcisismo, señalando los síntomas de la “cultura de lo provisorio”: la velocidad con la que las personas pasan de una relación afectiva a otra, el temor que despierta la perspectiva de un compromiso permanente, las relaciones que miden costos y beneficios y se mantienen únicamente si son un medio para remediar la soledad. Una cultura “presentista”, entregada a lo inmediato, que sólo busca “vivir al día”, no hará sino contribuir a la extinción de una sociedad que para su propia supervivencia precisa el cálculo y la proyección, la previsión y el realismo.

¿No será semejante situación explicable desde el olvido de Dios como la mayor pobreza de nuestras sociedades?

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