La misión está en el corazón de la Iglesia. Y más aún. Cuando una Iglesia está en Sínodo, solamente esa dinámica sinodal la lleva adelante la vocación misionera. Es decir, la respuesta al mandato de Jesús de anunciar el Evangelio.

Quisiera recordar que aquí no se acaba nada, sino que aquí continúa un camino eclesial.

Se trata de un camino que recorremos, como los discípulos de Emaús, escuchando al Señor que siempre sale a nuestro encuentro.

Es el Señor de la sorpresa.

Por medio de la oración y el discernimiento, el Espíritu Santo nos ayuda a realizar el “apostolado del oído”, o sea, escuchar con los oídos de Dios para poder hablar con la palabra de Dios.

Y así nos acercamos al corazón de Cristo, del que brota nuestra misión y la voz que atrae hacia Él.

Una voz que nos descubre el centro de la misión, que es llegar a todos, buscar a todos, acoger a todos, involucrar a todos, sin excluir a nadie.

Oremos por la Iglesia, para que adopte la escucha y el diálogo como estilo de vida a todos los niveles, dejándose guiar por la fuerza del Espíritu Santo hacia las periferias del mundo.

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