LAS PROMESAS DEL SAGRADO CORAZÓN

Fuente: PastoralSJ – Corazón de Jesús – Pedro Aliaga, sj

Hacer los Ejercicios Espirituales es entrar en una escuela de mirada. Al contemplar al Cristo «Pobre y Humilde», no nos hundimos en la tristeza, sino que nos resituamos en nuestra identidad de criaturas amadas. El hacerse uno de nosotros entre los últimos, tiene un objetivo claro: que vivamos despiertos o en plenitud. Dios se hace vulnerable para decirnos que ninguna herida humana queda fuera de su abrazo de Resucitado.

La verdadera consolación nace de este encuentro íntimo. No es un optimismo ingenuo, sino la certeza de que el «modo de proceder» de Jesús —en pobreza y humildad— es el camino hacia una libertad radical. Al ponernos en sus zapatos, descubrimos que su vulnerabilidad social en las periferias de Galilea no fue un fracaso, sino el escenario donde empezó a brillar la dignidad recuperada. Cristo nos quita las «cargas pesadas» de las expectativas ajenas y del perfeccionismo vacío para devolvernos el sentido profundo de nuestra vida, nuestra vocación. Desde este vínculo real con la vulnerabilidad del Otro con la nuestra, se educa nuestra sensibilidad y experimentamos la verdadera consolación: esa que nos permite apartar nuestros intereses, prejuicios y miedos para acoger, defender, acompañar y servir al Dios de la vida desde la esperanza del Resucitado.

Vivir la experiencia del Resucitado no es un evento del pasado; es la experiencia presente que habita encarnándose en las heridas de la humanidad. Al dejarnos afectar por esta realidad, Cristo nos invita a participar también de su victoria, transformando nuestra fragilidad y la del mundo en un testimonio vivo de que el Amor de Dios siempre tiene la última palabra. Y ese abrazo es consolador.

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La vida humana es un don sagrado que merece ser acogido, protegido y cuidado en todas sus etapas. Sin embargo, en muchas partes del mundo persisten situaciones de indiferencia, exclusión y violencia que amenazan la dignidad de las personas, especialmente de las que se encuentran en situación de vulnerabilidad. Cuando se debilita el respeto por la vida, crece también la cultura del descarte, dejando a muchos sin la atención, el acompañamiento y el reconocimiento que necesitan.