Mensaje del Obispo de la Diócesis de Rawson
Cuando en el año 64 de nuestra era, ardía la ciudad de Roma, comenzaron a circular versiones sobre los culpables del inicio del fuego.
La versión más extendida señalaba al emperador Nerón. Otros lo achacaban a sus enemigos para socavar su autoridad. Finalmente, todos coincidieron en culpar a una “secta” emergente en el Imperio: los cristianos, seguidores de un hombre ejecutado llamado Cristo, al que decían “resucitado”.
Ese voraz incendio tuvo causas múltiples, pero la persecución recayó sobre los más frágiles: los pobres, los descartados.
Los “fuertes”, que a menudo gobiernan en las sombras sin ostentar el poder, acusaban a Nerón de haberlo provocado para construir la ciudad de sus sueños, la que había planificado. Así nació Domus Aurea, en la colina del Oppio, con su admirada sala octogonal que aún contemplamos, aunque paradójicamente, en ese lateral del Coliseo, hoy lo más admirable son los árboles centenarios.
Si fuera cierto este episodio en la historia de este emperador cruel y cínico, deberíamos preguntarnos por aquellos proyectos que, en nuestras tierras, piensan arrasar todo para avanzar. Sería penoso que, tras el fuego, quedaran quienes exigen una Patagonia arrasada para saciar sus deseos económicos, sus cegueras ideológicas o sus obtusos resentimientos. Es indudable que sus bellezas paisajísticas, las riquezas minerales y el agua pura y fresca son la apetecible manzana del Edén para quienes quieren poseer lo que Dios no quiere que sea para unos cuantos sino para todos; y que, por ello, orquestan campañas para presentar lo malo como bueno… ¡si el huemul o el cóndor hablaran!
Otros culpaban a la mala planificación del Imperio: calles estrechas, los materiales constructivos de las casas, etc. y una impericia consentida de generación en generación. La falta de proyección, la ausencia de reglas claras contra el hacinamiento y el uso de madera habría propiciado el mayor incendio de Roma.
Habrá que ver, cuando todo se apague y solo queden cenizas, cuánto de eso ocurre entre nosotros: improvisación en la plantación de especies combustibles, permisos para nuevos asentamientos y barrios, ausencia de cortafuegos, falta de visión estratégica e inversiones insuficientes para acciones contundentes que detengan rápido la desgracia.
Pero la furia del Imperio, la frustración colectiva y la persecución cayeron sobre los cristianos: una minoría pequeña que empezaba a ser peligrosa por sus valores y su valentía para vivirlos y proclamarlos. Quien se “desmarca” y genera procesos priorizando el bien común sobre intereses particulares, siempre molesta.
Si así fuera entre nosotros, las culpas recaerían en quienes más han padecido los fuegos y los incendios, los que perdieron todo, o peor aún, los que nunca tuvieron nada, los despojados y olvidados. Sospechosos por sus rasgos o por tener la pechera que los vincula a algo o alguien que los nuclea. Los que cuando se apague el fuego –con cámaras, fotos y espectáculo– quedarán sólo con tizne en la cara y en su ropa… y la desazón de la orfandad en el alma.
Tras el incendio del 64, Roma ensanchó sus calles para impedir que el fuego cruzara, construyó casas de ladrillo y cemento e implementó medidas para evitar un desastre similar. Nunca más hubo un incendio de esa magnitud.
No es tiempo de echar leña al fuego, ni de alimentar incendios con palabras. Allí en la comarca andina hay un pequeño grupo apasionado por el bien común que está poniendo la piel y arriesgando el pellejo; ganando pequeñas batallas en horas y días a ese fuego que parece invencible. Ya habrá tiempo para investigaciones y responsabilidades: pero ni los poderosos ni los grandes de nuestras tierras pueden permitirse que vuelva a suceder, menos aún cuando los que pagan son los pobres.
PADRE OBISPO ROBERTO “CHOBI” ÁLVAREZ


