LA MISIÓN, PROCLAMANDO EL EVANGELIO A TODA CRIATURA

3º Meditación, Cuaresma 2026
Fray Roberto Pasolini
Predicador de la Casa Pontificia

Fuente: Vatican News, traducción del italiano, ChatGPT

En las primeras dos meditaciones cuaresmales hemos recorrido algunas etapas decisivas de la experiencia espiritual de Francisco. La primera nos condujo al corazón de su conversión: no un simple acto de la voluntad, sino una transformación profunda de la sensibilidad operada por la gracia, capaz de transformar lo amargo en dulce y de darle una mirada nueva sobre sí mismo y sobre la realidad. La segunda nos mostró cómo esta conversión no permaneció como un hecho interior y aislado: el Señor le dio hermanos, y la fraternidad se convirtió en el lugar concreto en el que esta experiencia tomó forma.

La tercera meditación nos invita a dar un paso más. Conversión y fraternidad no son el punto de llegada: encuentran su cumplimiento en la misión. Lo que Francisco ha recibido —una sensibilidad transformada, la alegría de los hermanos, el descubrimiento de un Dios que ama vaciándose— no puede ser retenido, sino que está llamado a alcanzar y tocar la vida de los demás.

El camino que recorreremos se articula en cinco pasos: el primado del testimonio sobre la palabra, según la intuición franciscana de que Cristo no se anuncia ante todo, sino que se deja generar a través de una vida transformada; el estilo de dejarse acoger, antes incluso de querer ofrecer algo; el arte de esperar las preguntas del otro, sin anticipar respuestas no solicitadas; la fecundidad del encuentro, como lo muestra el viaje de Francisco ante el sultán de Egipto; y finalmente la paradoja evangélica de la sumisión, que no es debilidad, sino la forma más alta del amor —la misma con la que Dios se dona.


Generar a Cristo

Muy pronto, en la primitiva fraternidad franciscana, el estar y rezar juntos hace nacer algo inesperado: el deseo de compartir con otros la experiencia y el anuncio del Evangelio. A los frailes les sucede lo que ya había ocurrido a los primeros discípulos: después de haber aprendido a estar con Jesús, sienten que no pueden guardar para sí lo que han recibido.

«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de la vida […] eso os anunciamos también a vosotros, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1 Juan 1,1-3).

Primero está la comunión de vida, luego el anuncio de la salvación. Primero la contemplación del Verbo, luego la palabra que testimonia su presencia. No se puede hablar verdaderamente de aquello que todavía no ha echado raíces en la propia vida.

San Francisco conoce la tentación sutil de decir palabras justas sin dejarse antes transformar por ellas, de transmitir a los demás algo que todavía no se ha hecho carne en nosotros.

«Es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hayan realizado las obras y nosotros queramos recibir gloria y honor con solo contarlas» (Admonición VI,3; FF 154).

Contar las hazañas de los santos sin dejarse cambiar por su modo de vivir corre el riesgo de ser solo una manera de admirarlos desde lejos. Hablamos de ellos, pero permanecemos a resguardo. Por eso hace falta paciencia: custodiar lo que hemos visto y oído, dejarlo madurar en la oración, hasta que se convierta en vida antes que en palabra.

«Dichoso el siervo que acumula en el tesoro del cielo los bienes que el Señor le muestra y no desea manifestarlos a los hombres para obtener recompensa, porque el mismo Altísimo manifestará sus obras a quien le plazca. Dichoso el siervo que guarda en su corazón los secretos del Señor» (Admonición XXVIII,1-3; FF 178).

Con estas palabras, Francisco advierte sobre una tentación muy sutil: usar las cosas de Dios para buscar aprobación o reconocimiento. Incluso lo que es auténtico, si se expone demasiado pronto, corre el riesgo de perder su verdad: por eso Francisco invita a custodiar lo que se recibe, dejándolo madurar en el corazón hasta que se convierta en vida. La Regla no bulada retoma y radicaliza esta intuición:

«Todos los hermanos, sin embargo, prediquen con las obras. […] El espíritu de la carne, en efecto, quiere y se preocupa mucho por tener palabras, pero poco por ponerlas en práctica» (Rnb XVII,3.11; FF 46.48).

Un episodio, no atestiguado por las fuentes oficiales pero plenamente coherente con el espíritu de Francisco, expresa con claridad esta pedagogía. Un día el santo pidió a fray Junípero que lo acompañara a predicar en la ciudad. Ambos recorrieron las calles en silencio, se detuvieron junto a los enfermos, sonrieron a los niños, ayudaron a quienes estaban en necesidad. Ningún discurso. Al regresar, Junípero preguntó: «Padre mío, ¿y la predicación?». Francisco respondió: «La hicimos, hermano mío, la hicimos».

Confiar más en el testimonio que en las palabras no es para Francisco una elección estratégica: es la consecuencia de una convicción teológica profunda que conviene poner de relieve. Cristo no es una información que transmitir, sino un misterio que habita la humanidad y pide ser reconocido para poder manifestarse en la vida. El Evangelio no se comunica como una simple noticia; se da como una vida que lentamente toma forma. En la Carta a los fieles, Francisco ofrece una visión sorprendente y muy concreta de la vida cristiana, en la que el creyente asume respecto de Cristo una triple relación: la del esposo, la del hermano y la de la madre. La más audaz —y quizá la más original— es precisamente esta última:

«(Somos) esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando el alma fiel se une a Jesucristo en el Espíritu Santo. Somos sus hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre que está en el cielo. Somos madres cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo por el amor y la pura y sincera conciencia, y lo damos a luz mediante el santo obrar, que debe resplandecer como ejemplo para los demás» (2 Carta a los fieles 50-53; FF 200).

Generar a Cristo no significa hablar bien de Él o convencer a otros con palabras eficaces. Significa dejar que su presencia cambie verdaderamente nuestro modo de vivir, hasta volverse visible también para los demás. Es la experiencia de una madre: primero lleva al hijo dentro de sí, le da tiempo para crecer, y solo después lo da a luz. Así también es la fe. Primero Cristo ocupa espacio dentro de nosotros, en silencio, en la oración, en las decisiones cotidianas. Y solo después puede aparecer hacia afuera, en los gestos y en el modo en que nos relacionamos con los demás.

Cuando el misterio de Cristo se manifiesta en nosotros, algo puede comenzar a moverse también en los otros. No porque hayamos dicho las palabras más adecuadas, sino porque se ha hecho visible en nosotros una vida nueva y distinta. El Evangelio da fruto de este modo: no ante todo a través de lo que decimos, sino a través de lo que nuestra humanidad logra expresar, mediante la acción silenciosa y eficaz del Espíritu Santo.


Dejarse acoger

Al inicio de su experiencia, san Francisco reúne a los frailes, les habla largamente del Reino de Dios y luego los envía de dos en dos por los caminos del mundo:

«Id, carísimos, de dos en dos por las diversas partes del mundo y anunciad a los hombres la paz y la penitencia para la remisión de los pecados; y sed pacientes en las persecuciones, seguros de que el Señor cumplirá su designio y mantendrá sus promesas. Responded con humildad a quien os interrogue, bendecid a quienes os persigan, dad gracias a quienes os injurien y calumnien, porque a cambio nos está preparado el reino eterno» (1 Celano, XII,29; FF 366).

Estas palabras no son una invención de Francisco, sino que retoman muy de cerca el envío con el que Jesús había mandado a sus discípulos (cf. Lucas 10,1-12). El Evangelio recomienda un estilo esencial: partir sin seguridades, «sin bolsa ni alforja», entrar en las casas deseando la paz, detenerse, «comiendo y bebiendo de lo que tengan» (Lucas 10,4.7). Y añade un detalle decisivo: los discípulos son enviados a los lugares donde Jesús «estaba por ir» (Lucas 10,1).

Esto cambia profundamente la manera de entender la misión. Los discípulos no llevan algo que falta, sino que preparan un encuentro que el mismo Jesús desea realizar. No todo depende de ellos: lo que no logran hacer, lo realizará el mismo Señor. No somos nosotros el centro del anuncio, sino el rostro de Dios que podemos, con sencillez, hacer transparente y accesible.

Las indicaciones de Jesús guardan una lógica que invierte muchas de nuestras costumbres. Los discípulos son enviados sin protecciones, «como corderos en medio de lobos» (Lc 10,3), con la única tarea de llevar la paz y aceptar lo que se les ofrece. Solo después —y dentro de esa misma acogida recibida— pueden decir: «El reino de Dios está cerca de vosotros» (Lucas 10,9). El movimiento es claro: primero dejarse acoger, luego anunciar.

No se trata de llevar algo desde afuera, como para llenar una carencia total, sino de reconocer el bien que ya está presente y darle un nombre. Esta secuencia —acogida recibida, luego anuncio— contiene una pedagogía importante. Quien se deja hospedar realiza un gesto débil que, en apariencia, parece renunciar a la iniciativa. En realidad, revela el significado más profundo del Evangelio: aceptar recibir significa reconocer que el otro no es solo destinatario, sino también alguien de quien se puede recibir algo. Significa tomar en serio su humanidad, su capacidad de bien, su disponibilidad.

De este modo se crea un espacio nuevo, en el que el Evangelio no aparece como algo impuesto desde fuera, sino como el reconocimiento de una presencia que ya está actuando. Para que esto ocurra, es necesaria una pobreza real: presentarse sin tenerlo todo ni controlarlo todo, aceptar depender también de la bondad y sensibilidad de los demás, y descubrir que el Reino de Dios ya está presente, de manera escondida, también en la vida de quien aún no lo conoce.

Este estilo pobre y desarmado interpela profundamente nuestra manera de entender la evangelización. A lo largo de los siglos hemos corrido el riesgo de vivirla como un movimiento en un solo sentido: ir hacia los demás con una actitud didáctica, a veces incluso juzgadora, dispuestos a completar lo que falta y a reconducir todo a nuestras categorías.

La palabra de Jesús y el testimonio de san Francisco parecen indicar, en cambio, un camino más simple y al mismo tiempo más exigente: dejarse acoger, reconocer lo que en el otro ya está cerca de Dios y ofrecerle la posibilidad de emerger. Evangelizar, en esta perspectiva, significa decir a los demás —también sin palabras— que es bueno que existan, que su vida tiene valor. No para confirmarlos simplemente en lo que son, sino para acompañarlos a reconocer, poco a poco, la verdad y la belleza que llevan dentro, sin apresurarnos a llevarlos a nuestras ideas.

El Reino no crece mediante el proselitismo, a veces demasiado forzado, sino cuando nuestro modo de relacionarnos permite a quienes encontramos expresar lo mejor de sí mismos y, así, abrirse a la revelación de Dios. Es allí donde el Reino se hace cercano y accesible. No hay nada espectacular en este modo de anunciar, pero hay algo profundamente verdadero.

El papa Francisco lo expresó con gran claridad:

«Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 14).

Crecer por atracción: es lo que sucede cuando nuestra presencia no sofoca la libertad del otro, sino que la despierta; cuando nuestro anuncio no pesa, sino que abre un espacio. Quizá sea precisamente esto lo que el mundo espera reconocer en las comunidades cristianas: lugares donde la calidad del Reino se hace visible y se difunde —con discreción y fuerza, con coraje y respeto.

Esperar las preguntas

El respeto y la estima con los que Francisco se acerca a los demás —reconociendo en cada persona una presencia de Dios ya en acción— hacen posible un verdadero diálogo. No se trata solo de saber hablar, sino ante todo de saber escuchar. Y, cuando llega el momento, de saber comunicar las palabras de la esperanza que vienen de Dios.

Evangelizar, en esta perspectiva, no significa dar inmediatamente respuestas, sino saber esperar a que surjan las preguntas. Es una actitud interior, antes que un modo de comunicar: nace de la convicción de que Dios confirma y completa nuestro pobre testimonio. Si es así, no hace falta apresurarse. Quien confía en este estilo de Dios —feliz de dejarse representar por nosotros— sabe esperar y dar espacio al otro.

Las fuentes franciscanas conservan un episodio que muestra con gran sencillez este modo de anunciar el Evangelio. Cerca de un eremitorio, sobre Borgo San Sepolcro, vivían algunos frailes, mientras que en los bosques cercanos se escondían unos bandidos que salían a menudo a asaltar a los viajeros. A veces venían al eremitorio a pedir pan, pero los frailes habían dejado de dárselo debido a su agresividad.

Un día, san Francisco, pasando por ese lugar, se enteró de la situación y propuso a los frailes algo inesperado:

«Id, procurad buen pan y buen vino, llevadlos a ellos en los bosques donde sabéis que se encuentran y llamadlos gritando: “Hermanos bandidos, venid a nosotros: somos frailes y os traemos buen pan y buen vino”. Ellos vendrán enseguida a vosotros. Entonces extended en el suelo un mantel, disponed sobre él el pan y el vino, y servidlos con humildad y alegría hasta que hayan comido. Después de la comida, anunciadles las palabras del Señor, y al final hacedles esta primera petición por amor de Dios: que prometan no golpear a nadie y no hacer daño a nadie en su persona. Porque, si pedís todas las cosas de una vez, no os escucharán; en cambio, vencidos por la humildad y la caridad que les mostraréis, os lo prometerán» (Compilación de Asís 115; FF 1669).

Los frailes obedecieron. Los bandidos vinieron, comieron, escucharon —y al final algunos entraron en la Orden, otros cambiaron de vida, otros al menos decidieron no hacer más violencia.

Este episodio muestra algo muy concreto: no se le puede pedir a alguien que cambie de vida antes de haberle hecho experimentar acogida, respeto y confianza. Si se anticipan demasiado las exigencias, incluso las moralmente correctas, nuestras invitaciones no logran llegar al corazón del otro. Primero hay que crear el espacio para que pueda nacer el deseo y la pregunta de un cambio de vida. Solo entonces lo que se dice puede ser verdaderamente escuchado.

Es el mismo estilo de Jesús. Cuando encuentra a Zaqueo, no le pide nada, no le da una lección moral. Simplemente le dice: «Hoy debo alojarme en tu casa» (Lucas 19,5). Es ese encuentro, gratuito e inesperado, el que hace nacer en Zaqueo el deseo de una transformación en su vida.

Los Hechos de los Apóstoles relatan una escena que ilumina aún mejor este paso. En el capítulo octavo, Felipe encuentra en un camino desierto a un funcionario etíope que está leyendo al profeta Isaías sin comprenderlo. No se pone inmediatamente a explicar el texto. Se acerca, camina a su lado y le hace una pregunta muy sencilla: «¿Entiendes lo que estás leyendo?» (Hechos 8,30).

En ese momento es el otro quien se expone: «¿Y cómo podría entender, si nadie me guía?» (Hechos 8,31). Luego el eunuco dirige a Felipe otra pregunta, aún más profunda, a partir del texto que está leyendo: «¿De quién habla el profeta?» (Hechos 8,34). Solo después de que estas preguntas han surgido, Felipe comienza a anunciarle a Jesús, con pocas y breves palabras. En ese momento es el mismo eunuco quien pregunta: «¿Qué impide que yo sea bautizado?» (Hechos 8,36).

En el relato impresiona precisamente esto: el anuncio ocupa poco espacio, mientras que todo lo demás —el camino compartido, la escucha, las preguntas— es lo que realmente prepara el encuentro. El modo en que se llega a hablar de Cristo es tan decisivo como las palabras que se dicen. Evangelizar no significa llenar el silencio de respuestas, sino acompañar a las personas hasta que puedan reconocer y expresar las preguntas que abren su vida a la salvación de Cristo. Esas preguntas, de hecho, son ya un lugar donde Dios está presente y actuando.

Pero hay también un paso más profundo. Felipe no permanece fuera de la escena: desciende al agua junto con el eunuco. Este gesto dice algo esencial. No se puede acompañar a alguien en la fe sin involucrarse personalmente. Y este involucrarse pasa por la disponibilidad a compartir la propia debilidad y la propia necesidad de salvación. También quien ya está bautizado necesita volver continuamente a la fuente de su vida en Cristo, para dejarse renovar y permanecer vivo en el camino de conversión. Solo así lo que decimos puede realmente tocar la vida de los demás.

Cuando las palabras nacen de una experiencia real, llegan a los otros. En cambio, cuando permanecen abstractas e impersonales, no convencen a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos. Anunciar el Evangelio significa acercarse con respeto a la vida de los demás y reconocer que, en la complejidad de su existencia, ya hay una búsqueda de sentido, de bien, de verdad.

Los testigos del Resucitado no son personas que tienen todas las respuestas. Son hombres y mujeres que han aprendido a escuchar sus propias preguntas y a convivir con sus luces y sombras, dejándose cada día instruir por Cristo. Así, con humildad, vuelven a comenzar cada día el camino como discípulos, llevando el peso de la vida junto a los demás.


Encontrar al otro

El temperamento de Francisco era, desde joven, el de quien siente la necesidad de dar la vida por algo grande. Parecen muy adecuadas para él las palabras del escritor J. D. Salinger, en su novela El guardián entre el centeno: «Lo que distingue al hombre inmaduro es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que lo que distingue al hombre maduro es que quiere vivir humildemente para ella». Cuando el pobre de Asís encuentra al Señor Jesús, este impulso heroico no desaparece, sino que cambia de dirección: se convierte en el deseo de dar la vida por el Evangelio. Este deseo lo lleva, en 1219, a partir hacia la quinta cruzada, llegando a los campamentos cristianos en Damieta, ciudad portuaria de Egipto en el delta del Nilo, precisamente durante el asedio de la ciudad, en el momento más intenso del enfrentamiento entre el ejército cruzado y el del sultán.

Durante una tregua, Francisco atraviesa el frente junto a un compañero y se presenta ante el sultán de Egipto, Al-Malik al-Kamil. Los centinelas lo capturan, lo maltratan, lo encadenan, pero él no retrocede y pide ser conducido ante su señor. Lo que sucede sorprende a todos: lo que parecía el inicio de un martirio se convierte en un encuentro marcado por el respeto y la acogida. Como narra Tomás de Celano, el sultán reconoce en Francisco a un hombre de Dios, lo escucha con atención y, al despedirse, lo hace acompañar sano y salvo hasta el campamento cristiano, pidiéndole incluso que rece por él, para que el Señor le muestre el camino más agradable (cf. 1 Celano 57; FF 422-423). También el testimonio de otro cronista, Jacobo de Vitry, confirma que Francisco fue reconocido como un «hombre de Dios» y suscitó respeto incluso por parte de quienes eran considerados enemigos (cf. FF 2226-2228).

¿Cómo leer este episodio? A primera vista parece que sucede poco: el sultán no se convierte y Francisco no encuentra el martirio que buscaba. Y sin embargo, es precisamente en este encuentro donde ocurre algo importante. Francisco no se presenta con un discurso, sino con una manera de estar: simple, pobre, sin defensas. No intenta imponer su idea, sino que se pone delante del otro tal como es.

Y esta actitud lo cambia todo. El sultán no queda impactado por palabras particulares, sino por lo que ve: un hombre que vive verdaderamente aquello en lo que cree. En Francisco reconoce a alguien en quien se hace visible la pobreza y la humildad de Cristo. No se siente atacado ni cuestionado, sino acogido por su inesperado huésped. Por eso, a su vez, se abre: escucha, respeta, incluso se muestra generoso.

En ese momento no se produce una conversión en el sentido que solemos esperar, pero nace algo igualmente real: un verdadero encuentro entre dos hombres, distintos por fe e historia, que logran estar uno frente al otro sin miedo. Este modo de encontrarse deja una huella en la historia y, con el tiempo, se convierte también en un estilo que hace posible la relación y el diálogo entre religiones distintas, sin que nadie deba imponerse sobre el otro. Francisco no renuncia a su fe, pero se acerca al otro de tal modo que lo pone en condiciones de expresar lo mejor de su humanidad. En este encuentro no hay uno que prevalezca sobre el otro, sino dos hombres que se reconocen en su dignidad.

El verdadero “milagro” ocurrido en Damieta no es la conversión del sultán. Es que, en medio de la guerra, dos hombres encontraron el modo de encontrarse realmente y de despedirse en paz. Ambos permanecen en su fe, y precisamente por eso el encuentro es real. En ese intercambio sucede algo que no se puede medir con categorías de éxito o fracaso. Francisco regresa sin resultados visibles, pero con una conciencia más profunda: el Evangelio no se anuncia para vencer, sino para encontrarse. El otro no es un objetivo que alcanzar, sino un umbral ante el cual uno se detiene, esperando ser acogido. Evangelizar no significa acortar la distancia a cualquier costo, sino atravesarla sin anularla, custodiando la diferencia como el espacio donde Dios sigue actuando en el corazón de cada uno.


Sometidos a todos

El viaje a Egipto deja en Francisco una huella profunda, silenciosa y duradera. No habla de ello en sus escritos —como tampoco hablará nunca de los estigmas— y, sin embargo, ese encuentro reaparece en los años siguientes en algunas decisiones y en algunas palabras que escribe.

Un primer rastro se percibe en una carta que dirige, idealmente, a todos los gobernantes del mundo, pidiéndoles que cada tarde se anuncie públicamente la alabanza a Dios, para que todo el pueblo pueda unirse (cf. Carta a los gobernantes de los pueblos, 7; cf. FF 213). Es una propuesta inusual, que muchos han vinculado a una tradición que vio y escuchó en Oriente: esa voz que, varias veces al día, llama a los fieles a la oración. Francisco no copia, sino que reconoce algo bueno, lo acoge y lo reelabora. Lo mismo sucede en las Alabanzas al Dios altísimo, donde la sucesión de los nombres de Dios evoca una oración todavía hoy difundida en la tradición islámica (cf. Alabanzas al Altísimo; FF 261).

De estos detalles emerge un rasgo muy significativo: en el encuentro con el otro no hay solo algo que dar, sino también algo que recibir. De esta conciencia brota una actitud de apertura radical al otro que Francisco integra profundamente en su comprensión del Evangelio. En la Regla no bulada se encuentra un breve capítulo que indica a los frailes cómo deben vivir cuando están entre personas de otra fe. Francisco escribe que deben estar «sometidos a toda criatura humana por amor de Dios» (Regla no bulada XVI, 6; FF 43). Es una palabra fuerte, que en el Testamento se vuelve aún más tajante: «sometidos a todos». Antes de cualquier palabra, antes de cualquier anuncio, hay un modo de situarse frente al otro: no poniéndose por encima, sino eligiendo estar por debajo.

Esta expresión puede malinterpretarse. Según el Evangelio y en la sensibilidad de Francisco, la sumisión no significa perder la propia identidad ni resignarse frente al otro por debilidad. Es una elección libre de respeto y de diálogo. Significa reconocer que el otro no es un terreno a conquistar, sino una vida que hay que encontrar, respetar y acoger. Quien acepta colocarse así permite al otro abrirse, emerger, mostrarse tal como es. Este modo de situarse, por sí solo, es ya un acto profundamente evangélico.

En el fondo, es el mismo movimiento con el que el Hijo de Dios se ha presentado y ofrecido al mundo. El himno de la Carta a los Filipenses dice que Cristo:

«se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y, reconocido como hombre por su apariencia, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2,7-8).

Dios no se impuso al hombre, sino que le hizo espacio. No retuvo celosamente su grandeza: la entregó, para que el otro pudiera acogerla y vivir. Esta es la forma del amor.

Por eso, anunciar a Cristo desde una posición de superioridad o de control corre el riesgo de traicionar el mismo Evangelio que se quiere comunicar. Nuestra autoridad no nace del rol, sino de una vida que acepta entrar en esta dinámica de amor. Es lo que Francisco intuyó cuando llamó a sus frailes «menores»: no les dio un título, sino un modo concreto de estar en el mundo. Es precisamente esta pequeñez, esta humildad vivida, la que hace fecundo el anuncio del Evangelio. Cuando no nos imponemos, sino que dejamos espacio, algo puede suceder: en los otros, pero también dentro de nosotros. Porque toda criatura, cuando es acogida y no forzada, puede dejar emerger el bien que lleva en sí —ese bien en el que, de manera escondida, ya está presente el misterio de Cristo.


Oración

Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer, por tu amor, lo que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que a ti te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y, con la ayuda de tu sola gracia, llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad simple vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por los siglos de los siglos. Amén.


P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia

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Hay enfermedades y condiciones muy graves que, sin llevar a la muerte, se extienden en el tiempo porque son incurables. Esto se vuelve especialmente dramático para quienes están recién comenzando su vida: los niños, y para todo su entorno familiar. El Papa León, en su intención de oración para febrero, nos invita a rezar para que los niños que padecen enfermedades incurables y sus familias reciban la atención médica y el apoyo necesario, sin perder nunca la fuerza y la esperanza.