LA LIBERTAD DE LOS HIJOS DE DIOS

4º Meditación, Cuaresma 2026
Fray Roberto Pasolini
Predicador de la Casa Pontificia

Fuente: Vatican News, traducción del italiano, ChatGPT

En estas meditaciones de Cuaresma, en el año en que la Iglesia celebra el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, hemos elegido dejarnos acompañar por la figura del pobrecillo en el camino de conversión al Evangelio. En las dos primeras meditaciones contemplamos a Francisco en la tensión entre la grandeza de su vocación y la fragilidad de su humanidad: la conversión como camino de humildad y la fraternidad como lugar concreto en el que esa conversión se verifica y toma forma. En la tercera meditación nos detuvimos en la tarea de la misión: el modo en que Francisco anunció el Evangelio no con la fuerza de las palabras o la eficacia de las estrategias, sino con la pobreza desarmada de una vida ofrecida. En esta cuarta y última meditación intentamos mirar el fruto más maduro de su experiencia: la libertad de los hijos de Dios. No la de quien se sustrae al riesgo y al peso de la vida, sino la de quien ha aprendido, gradualmente y a través de muchas pruebas, que nada —ni siquiera el rechazo, la enfermedad o la muerte— puede jamás separarnos del amor de Dios.

La perfecta alegría

San Francisco vivió una experiencia espiritual de gran intensidad, pero no alejada de nuestra humanidad. No se hizo santo porque realizó cosas extraordinarias, sino porque aprendió a dejarse guiar por Dios dentro de la concreción y la pobreza de su existencia. Por eso la tradición espiritual llegó a definirlo como alter Christus, es decir, un hombre que, acogiendo al Espíritu Santo con disponibilidad, se volvió semejante al Hijo de Dios encarnado. Las conversiones, las curaciones y los signos que se produjeron en su peregrinación por este mundo no son otra cosa que el reflejo de una inmersión plena y eficaz en la gracia de la vida nueva en Cristo. Tomás de Celano dice que, hacia el final de sus días, Francisco: «no era tanto un hombre que rezaba, cuanto más bien él mismo todo transformado en oración viviente» (Tomás de Celano, Vita Prima 95; FF 682). Esto no significa que el Santo pasara todo su tiempo recitando fórmulas de oración, sino que todo su modo de vivir se había convertido en una oración continua, es decir, expresaba una relación estable, profunda y auténtica con Dios.

En los últimos años, sin embargo, la fe de san Francisco fue puesta a prueba por la sabiduría de Dios. Las fuentes cuentan que Francisco atravesó una «grandísima tentación», una crisis larga y profunda, que lo involucró «interior y exteriormente, espíritu y cuerpo», hasta el punto de que «huía de la compañía de los hermanos, porque, abrumado por aquella tortura, no lograba mostrarse ante ellos con su habitual serenidad» (Compilación de Asís, 63; FF 1591).

La Orden de los Hermanos Menores creció y se transformó, y a Francisco le cuesta reconocer en ella el espíritu que animó sus comienzos. En la Porciúncula se siente dejado de lado, casi inútil, incluso considerado un «idiota». En este tiempo dramático y tormentoso, Francisco abre su corazón al amigo y compañero fray León. Mientras se encuentran juntos en Santa María de los Ángeles, Francisco elabora en voz alta su dolor narrando una parábola. Pide a fray León que enumere algunas cosas buenas que podrían representar un motivo de orgullo para él y para la Iglesia: numerosas vocaciones de frailes santos, gran éxito en la predicación, curaciones, milagros, estima de los demás. Luego le dice que escriba: «en todas estas cosas no está la verdadera alegría». El compañero, entonces, pregunta perplejo: pero, entonces, «¿cuál es la verdadera alegría?». Francisco responde así:

«He aquí que yo vuelvo de Perugia y, a medianoche, llego aquí, y es tiempo de invierno fangoso y tan frío que en el extremo de la túnica se forman carámbanos de agua helada, que me golpean continuamente las piernas, y de aquellas heridas sale sangre. Y yo, todo en el barro y en el frío y en el hielo, llego a la puerta y, después de haber golpeado y llamado largo rato, viene un fraile y pregunta: “¿Quién es?”. Yo respondo: “Fray Francisco”. Y aquel dice: “Vete, no es hora decente esta para andar por ahí; no entrarás”. Y como yo insisto todavía, el otro responde: “Vete, tú eres un simple y un idiota, ya no puedes venir aquí; nosotros somos tantos y tales que no tenemos necesidad de ti”. Y yo permanezco aún delante de la puerta y digo: “Por amor de Dios, acójanme por esta noche”. Y aquel responde: “No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí”. Yo te digo que, si he tenido paciencia y no me he inquietado, en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma» (De la verdadera y perfecta alegría; FF 278).

El relato tiene una estructura simple y sabia. Después de enumerar lo que no coincide con la verdadera alegría, se llega al punto clave: la alegría auténtica se manifiesta cuando el rechazo, la humillación y la incomprensión no logran quitarnos la paz.

La verdadera alegría no coincide con el sentimiento que experimentamos cuando las cosas van bien y nuestra vida recibe reconocimiento y consuelo, sino con el modo en que reaccionamos en las circunstancias adversas, cuando somos rechazados y excluidos. No se trata, naturalmente, de volverse insensibles al dolor. Francisco no busca un corazón anestesiado, sino que descubre que puede tener un corazón libre incluso en los mayores sufrimientos. La felicidad no consiste en protegerse de la realidad, sino en aprender a acogerla incluso cuando hiere, sin quedar dominados por ella. Allí la vida cristiana se vuelve concreta y aprendemos a custodiar una alegría que no depende de cómo van las cosas, sino de cómo elegimos vivirlas. Lo dice también el apóstol Santiago:

«Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia. Y la paciencia tenga su obra completa, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada» (Santiago 1,2-3).

La respuesta que Francisco indica no es huir del mal, ni negarlo, ni devolverlo. Es algo más profundo: absorberlo, sin dejar que vuelva a salir de nosotros hacia los demás. Negarse a convertirse en aquello que nos ha herido. Es un camino exigente, pero liberador. Porque el mal, cuando lo recibimos, siempre toca algo vivo dentro de nosotros. Y es precisamente allí, en ese punto vulnerable, donde puede nacer la alegría perfecta: no como ausencia de heridas, sino como libertad de no dejarse definir por ellas. Es una libertad que no elimina el dolor, pero le impide tener la última palabra.

La plenitud de la vida

Esta capacidad de descubrirse alegres incluso en medio de las tribulaciones no es una meta espiritual reservada a unos pocos privilegiados que han recibido el don de una especial intimidad con Dios. En el Evangelio, Jesús muestra que este modo de vivir —libres incluso frente al odio y a la persecución— es la forma plena de la vida nueva en su nombre. Por eso, al comienzo de su ministerio público, subió a un monte y proclamó las Bienaventuranzas. No una ley, sino una promesa. No un programa de perfeccionamiento moral, sino la revelación de una felicidad ya en acción en el corazón de la realidad.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados ustedes cuando los insulten, los persigan y, mintiendo, digan toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque grande es su recompensa en los cielos. Así, en efecto, persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes (Mateo 5,1-12).

Estas palabras, que conocemos casi de memoria, son el corazón del Evangelio, porque desmontan definitivamente la ilusión de que la felicidad dependa de las metas y de los éxitos que en la vida podemos alcanzar —y quizá también perseguir—. Jesús indica las situaciones más incómodas y difíciles en las que podemos encontrarnos y afirma que precisamente allí se esconde una misteriosa plenitud de vida. Las Bienaventuranzas no invitan a huir de la realidad ni a posponer la felicidad a un futuro lejano. Piden habitar más a fondo lo que vivimos, incluso cuando se muestra frágil e incompleto. Anuncian que el camino hacia una vida plena pasa por nuestra experiencia concreta, por lo que somos y por lo que estamos atravesando. No somos nosotros quienes debemos construir o conquistar la felicidad: la bienaventuranza es una promesa ya depositada en nuestra vida, como un don del Padre. Se trata de aprender a reconocerla y a acogerla.

Hay, sin embargo, un aspecto decisivo que subrayar. Las Bienaventuranzas no hablan solamente de un mañana en el que seremos recompensados por Dios: dicen que esta vida, tal como es, ya es el lugar en el que podemos saborear la plenitud de la vida. Y esto se vuelve posible porque esas palabras nacen de una mirada precisa: la de Jesús que nos revela lo que somos a los ojos de Dios. Jesús observa hombres y mujeres marcados por el cansancio, la pobreza, el dolor, la búsqueda. Y precisamente sobre ellos pronuncia una palabra de bendición. Es como si dijera: en lo que son y en lo que están tratando de vivir, ya hay una plenitud destinada a madurar y cumplirse.

Las Bienaventuranzas no trazan un camino heroico, sino que nos habilitan a ofrecer un consentimiento humilde a lo que nos toca vivir, incluso cuando cuesta esfuerzo, soledad y persecución. Afirman que la realidad, tal como es, puede convertirse en un lugar de felicidad. Esto significa que la vida no debe posponerse ni idealizarse, sino acogerse en su concreta grandeza, trágica y sublime. La alegría evangélica no elimina las heridas, sino que las atraviesa y las transforma, abriéndonos al amor más grande, el que perdona. Es precisamente en esta adhesión a lo real donde se abre una libertad nueva, capaz de no depender ya de las condiciones externas.

Este es el corazón de las Bienaventuranzas. Y es lo que Francisco intuyó al final de su experiencia humana y cristiana, cuando reveló a fray León con una parábola el lugar donde habita la alegría más auténtica.

Las consecuencias del amor

En la historia de la espiritualidad cristiana, los fenómenos místicos en los que el misterio del sufrimiento de Cristo se refleja en el cuerpo del creyente han sido a menudo malinterpretados, a veces temidos, otras veces reducidos a acontecimientos que se catalogan como prodigios inexplicables. El riesgo más sutil es dejarse conducir por ellos hacia una imagen distorsionada de Dios: como si necesitara nuestro dolor para ser satisfecho o glorificado, como si al sacrificio de Cristo le faltara todavía algo, como si viviéramos aún en una lógica antigua de deuda y expiación.

Sabemos que las cosas no son así. Dios no necesita nada de nosotros, sino que acojamos el don del sacrificio de Cristo y, mediante su progresiva asimilación, aprendamos a vivir el amor en su plenitud. Cuando Dios toca a un hombre en profundidad, no está añadiendo dolor, sino transformando y transfigurando aquello que ya está presente en su historia, haciéndolo convertirse en signo y consecuencia del amor.

Con esta conciencia podemos acercarnos al acontecimiento de los estigmas de Francisco, ocurrido en el monte de la Verna entre el verano y el otoño de 1224, dos años antes de su muerte, en el tiempo que va desde la fiesta de la Asunción hasta la de san Miguel. Las fuentes cuentan que, al término de una cuaresma vivida en honor del Arcángel, Francisco tuvo la visión de un Serafín crucificado y que, a partir de ese encuentro, su cuerpo quedó marcado por los clavos en las manos y en los pies y por la herida del costado (cf. Tomás de Celano, Vita Prima, 94-95; FF 485-486).

Pero para comprender lo que sucede en la Verna hay que mirar la condición en la que Francisco llega allí. Las heridas ya estaban presentes en él antes de hacerse visibles. El cuerpo estaba probado, los ojos marcados por una enfermedad que lo conducía hacia la ceguera. El alma estaba atravesada por la «gran tentación»: la Orden crecía desmesuradamente, asumiendo formas que él ya no reconocía, y los frailes —engendrados por él— se alejaban de su radicalismo evangélico. Se sentía apartado, percibido como un peso. Subía al monte no como vencedor, sino como un hombre herido.

Es precisamente aquí donde la experiencia mística muestra su significado más verdadero. Dios no interviene añadiendo nuevas laceraciones, sino transformando las que ya habitan la vida. Los sufrimientos de Francisco —el fracaso de sus proyectos, la incomprensión de los hermanos, la soledad de quien se ha entregado sin reservas— dejan de ser un peso retenido dentro y se convierten en lugar de relación. Lo que parecía separarlo de los demás se convierte en lo que lo une a Cristo y, en consecuencia, lo reconcilia con los hermanos. Las palabras que el apóstol Pablo escribe al final del capítulo octavo de la carta a los Romanos expresan adecuadamente este paso crucial de la vida de san Francisco:

«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? […] Estoy persuadido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni presente ni futuro, ni potencias, ni altura ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 8,35.38-39).

Los estigmas no son un prodigio para observar a distancia, ni un privilegio reservado a unos pocos elegidos. Son el signo visible de una transformación interior: el punto en el que las heridas no se cierran en la dureza, sino que se abren a la relación. Este es el don de la Verna: las derrotas del hombre —fracasos, enfermedades, desilusiones relacionales— pueden convertirse en lugares en los que nuestra humanidad cambia. El dolor no desaparece, pero ya no tiene la última palabra. Francisco desciende de la Verna con el cuerpo marcado y el corazón libre: capaz de mirar a los hermanos con paciencia, de quererlos precisamente dentro de sus límites. Ha pasado de la muerte a la vida.

Esta historia, narrada todavía después de ochocientos años, es una buena noticia porque concierne a cada uno de nosotros. Los dolores de la vida dejan en nosotros huellas que no siempre comprendemos y que a menudo nos cuesta aceptar. Son heridas que permanecen abiertas a dos posibilidades: pueden encerrarnos en el resentimiento o en la huida, o bien convertirse en espacios de crecimiento y de libertad.

En la medida en que logramos acoger nuestras heridas, descubrimos que pueden ser transfiguradas por el Espíritu de Cristo para asumir un renovado valor simbólico. Siguen siendo heridas, pero se convierten en signo de una pertenencia más profunda, certificando que hemos llegado a ser miembros del cuerpo de Cristo. Entonces las palabras de Pablo se vuelven comprensibles y significativas también para nosotros: «De ahora en adelante nadie me cause molestias: yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús» (Gálatas 6,17). El sufrimiento no desaparece, pero ya no tiene el poder de encerrarnos. En el fondo del corazón descubrimos que tenemos una paz que nada ni nadie puede quitarnos.

Hermana muerte

Hay un antiguo dicho de la tradición india que compara la vida humana con cuatro estaciones: la primavera para aprender, el verano para enseñar, el otoño para retirarse al bosque y meditar, el invierno para aprender a mendigar. Francisco las recorrió todas. Aprendió en la juventud inquieta de Asís, enseñó en los años de la predicación y de la fundación de la Orden, se retiró en la soledad de la Verna y de sus ermitas. Pero es en el invierno de la vida, en los meses que preceden a la muerte, cuando realiza el gesto más difícil: aprende a mendigar. No el pan —eso siempre supo pedirlo—. Aprende a mendigar consuelo, cercanía, ternura. Aprende a recibir.

En los últimos meses Francisco se hizo acoger en el palacio del obispo de Asís. Es un detalle que llama la atención. Aquel hombre que había hecho de la pobreza la marca de su vida, que se había despojado de todo ante su padre y ante el obispo, acepta ahora ser cuidado en un lugar protegido. No es una contradicción. Es la coherencia de quien ha aprendido que también recibir es un acto de humildad. La pobreza de los comienzos deja lugar a algo más auténtico: la pobreza de quien sabe que necesita de los demás tanto para vivir como para morir.

En aquella casa donde estaba hospedado, Francisco pidió a los frailes que cantaran las alabanzas de Dios para aliviar su dolor. Las hacía cantar también de noche. Y cuando fray Elías le hizo notar que aquella alegría podía sorprender a quienes sabían que estaba próximo a la muerte, Francisco respondió:

«Hermano, déjame gozar en el Señor y en sus alabanzas en medio de mis dolores, pues, con la gracia del Espíritu Santo, estoy tan estrechamente unido a mi Señor que, por su misericordia, puedo bien alegrarme en el Altísimo» (Compilación de Asís 99: FF 1637).

Cuando luego el médico le dijo que la muerte era inminente, quiso saber con certeza: «Dime la verdad, ¿qué prevés? No tengas miedo, pues, con la gracia de Dios, no soy un cobarde que teme la muerte» (Compilación de Asís 100; FF 1638). Ante la noticia respondió con una palabra desarmante: «¡Bienvenida, mi hermana Muerte!». Así precisamente había llamado a la muerte cuando añadió a su Cántico de las Criaturas la última estrofa:

«Loado seas, mi Señor,
por nuestra hermana Muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar»
(Cántico del hermano Sol 27-29; FF 263).

Aquella palabra —hermana— no es una metáfora consoladora. Es el fruto de un largo camino de reconciliación. Como dice la carta a los Hebreos, el diablo nos mantiene esclavos toda la vida por el miedo a la muerte (cf. Hebreos 2,15). Por eso todos intentamos evitarla y huir de ella de cualquier modo, mientras nos sea posible hacerlo.

Pero cuando el amor de Cristo logra modelar en nosotros una vida nueva, ese miedo se disuelve lentamente, y la muerte cambia de rostro, transformándose en la última y definitiva ocasión de conversión: el momento en el que se deja ir todo lo que aún retenemos y nos entregamos, sin reservas, a la mirada justa y misericordiosa del Padre.

Consciente de que el final estaba cerca, Francisco quiso dejar el palacio del obispo y ser llevado a la Porciúncula, al lugar que le era más querido en el mundo. Las fuentes cuentan que entre sus últimos deseos estuvo también el de recibir la visita de doña Jacopa de los Settesogli, la amiga romana que durante años lo había sostenido con afecto fiel. Por eso le escribió una nota, rogándole que viniera a verlo y que le llevara aquellos dulces que ella sabía preparar y que a él le gustaban mucho. Es el gesto de un hombre que desea todavía, por última vez, un rostro amigo y un poco de dulzura.

Doña Jacopa llegó antes incluso de que la carta partiera, inspirada por Dios: «Así entró donde el beato Francisco, derramando delante de él muchas lágrimas» (Compilación de Asís 8; FF 1548). En aquella escena —un hombre enfermo, una amiga llorando, los frailes alrededor, el canto de las alabanzas en la noche— se cumple el último acto de la pobreza evangélica de Francisco. No la de los comienzos, hecha de gestos de ruptura radical, sino la más difícil: la de quien acepta ser visto en su fragilidad, de quien ya no tiene nada que demostrar ni nada que defender, de quien sabe que necesita de los demás para ese paso que, al final, se afronta solo. Francisco muere así, después de haber aprendido la lección más alta: que recibir es la forma más pura del don, y que dejarse amar hasta el final es la mayor de las libertades.

Desnudo sobre la tierra desnuda

Las biografías oficiales eligieron narrar la muerte de Francisco de manera distinta. Todo lo que remitía a un hombre necesitado se atenúa o queda en segundo plano. En ellas emerge sobre todo la figura del santo, del héroe cristiano, del testigo ejemplar de la perfección evangélica. Buenaventura presenta a Francisco como aquel que «quería pagar su deuda a la muerte» (Leyenda Menor 7,3; FF 1386), con la conciencia de un caballero que va al encuentro de su adversario. Toda su existencia aparece como un camino ascendente hacia la plenitud, y la muerte como su digno cumplimiento.

Y, sin embargo, precisamente dentro de este tipo de narración elevada y luminosa, las mismas fuentes conservan un detalle que no puede borrarse, porque es demasiado verdadero:

«Agotado por aquella enfermedad tan grave, que puso fin a todo su sufrimiento, se hizo colocar desnudo sobre la tierra desnuda, para estar preparado en aquella hora extrema, en la que el enemigo habría podido todavía desahogar su ira, para luchar desnudo con un adversario desnudo» (Tomás de Celano, Vida Segunda 214; FF 804).

Desnudo sobre la tierra desnuda: no es una imagen ascética ni un desafío simbólico a la muerte, sino el cumplimiento coherente de toda una existencia. El despojo había sido el hilo conductor de todo su camino: años antes, en la plaza de Asís, delante de su padre Pedro de Bernardone y del obispo Guido, Francisco se había quitado toda vestidura, devolviendo todo y eligiendo no fundar ya su identidad en una posesión, un rol, un nombre. Aquel día había vestido el hábito como se viste una libertad. Ahora, al término de su peregrinación, tampoco ese último vestido es ya necesario. No porque sea despreciado, sino porque ya no hace falta. Francisco ha terminado su viaje y se ha reconciliado, finalmente, con su propia historia, con lo que ha vivido y también con lo que no logró realizar. No tiene ya nada que temer ni nada de qué avergonzarse: cada página de su vida se ha dejado iluminar por la gracia. Ha combatido el buen combate de la fe: se ha convertido en un auténtico hijo de Dios.

En la Escritura, la desnudez no es un detalle marginal, sino que guarda el secreto de la relación entre el hombre y Dios. «El hombre y su mujer estaban desnudos y no sentían vergüenza» (Génesis 2,25): al principio la desnudez es transparencia, es la condición de quien vive sin defensas porque recibe todo como don. Es la serpiente la que introduce la sospecha, insinuando que la vida debe ser poseída y protegida. Desde ese momento la desnudez se vuelve vergüenza, la muerte terror y el cuerpo un lugar de tensión. Sin embargo, Dios no abandona al hombre en este miedo: toda la historia bíblica cuenta un Dios que continúa buscando al hombre para devolverle la confianza. Cristo lleva esta historia a su cumplimiento en la cruz, desnudo, expuesto, mientras continúa bendiciendo. Es allí donde Dios alcanza al hombre en el punto más frágil de su existencia y apaga definitivamente la sospecha sobre la vida y la muerte. El antídoto contra el miedo no es una defensa más fuerte, sino lo contrario: dejar de defenderse, abrir los brazos y aprender a recibir.

Francisco asimiló lentamente este secreto, ejercitándose durante toda su vida en volver a su desnudez creatural. Cada despojo fue un acto de confianza, cada renuncia un paso hacia una libertad más profunda. Pero la desnudez final de la Porciúncula no es solamente la coherencia de un camino ascético: es la reconciliación de un hombre consigo mismo. A lo largo de su vida Francisco había atravesado muchas identidades —el hijo del mercader, el joven ambicioso, el caballero frustrado, el convertido, el fundador, el predicador, el enfermo, incluso el hombre herido e incomprendido— y ahora, tendido sobre la tierra, todo eso se disuelve. Permanece solo lo esencial: una criatura entre otras criaturas, en paz ante su Creador, necesitada de todo y, precisamente por eso, dispuesta a recibir todo con gratitud.

s por esto que la Iglesia lo reconoce santo. No ante todo por lo que hizo, sino por lo que supo llegar a ser. Francisco custodió su humanidad hasta el final, sin esconderla y sin endurecerla. Aprendió a aceptar su fragilidad, a vivir como hijo y como hermano, sin avergonzarse ya de su pequeñez. Y precisamente en esta pequeñez acogida encontró la libertad más grande: la de ponerse al servicio de la Iglesia y del mundo con generosidad, sin medida, sin cálculo y sin defensas.

Conclusión

El camino de Francisco de Asís no es una excepción reservada a unos pocos, sino la forma plena de lo que el Evangelio promete a cada bautizado: una vida libre, capaz de amar hasta el final y de atravesar el dolor sin ser vencida por él. Es una gracia real, accesible, que nos permite reconocer en toda realidad —incluso en la muerte— el rostro de un Padre que nunca nos abandona.

Ante este testimonio, la tarea de nosotros, los pastores, es tan importante como delicada. No podemos adaptar el Evangelio a nuestros miedos, reducirlo a una propuesta tranquilizadora o a un conjunto de prácticas religiosas que conserven la apariencia pero vacíen su verdadera fuerza espiritual. Ofrecer un cristianismo barato, más fácil pero menos exigente, significa privar a los hombres y a las mujeres de aquello que realmente necesitan: un camino capaz de conducir nuestros pasos hacia la vida eterna.

El Evangelio no nos invita a vivir menos, ni a huir del peso y del esfuerzo de la realidad. Nos autoriza, más bien, a desear la vida con la mayor intensidad posible, acogiendo con humildad la cruz y el pan de cada día. El Evangelio no ofrece atajos, sino que nos habilita a un camino de purificación y conversión que conduce a la libertad de los hijos de Dios. Es responsabilidad de los pastores de la Iglesia custodiar esta verdad sin atenuarla, indicando caminos que abran las puertas hacia la plena madurez en Cristo.

En este año en que contemplamos a Francisco, dejémonos interpelar por su testimonio evangélico. No se trata de imitar sus gestos, sino de dejarnos inquietar por el deseo que guio cada paso de su vida: conocer a Cristo, «la potencia de su resurrección, la participación en sus sufrimientos, configurándome con él en la muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Filipenses 3,10).

Oración

Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer, por tu amor, lo que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que a ti te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de tu sola gracia llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad simple vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por los siglos de los siglos. Amén.

P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia

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Hay enfermedades y condiciones muy graves que, sin llevar a la muerte, se extienden en el tiempo porque son incurables. Esto se vuelve especialmente dramático para quienes están recién comenzando su vida: los niños, y para todo su entorno familiar. El Papa León, en su intención de oración para febrero, nos invita a rezar para que los niños que padecen enfermedades incurables y sus familias reciban la atención médica y el apoyo necesario, sin perder nunca la fuerza y la esperanza.