¡JESÚS ENSÉÑANOS A ORAR!

Resulta doloroso tener que admitir que muchas de nuestras decisiones no nacen de la oración: nacen de la inteligencia, pero ¿basta con la inteligencia? Nacen del estudio, pero ¿basta con el estudio? Nacen de la investigación, pero ¿basta con la investigación? Nacen de la sociología, pero ¿basta con la sociología? Nacen de la astucia, pero ¿basta con la astucia?

Sigamos de nuevo al Maestro. Escribe el evangelista Mateo:

«Al enterarse Jesús [de la muerte de Juan el Bautista] se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto» […] «Enseguida [después de la multiplicación de los panes] Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo»

(Mateo14,13.22-23).

Estos gestos habituales de Jesús quedaron indeleblemente grabados en la memoria de los discípulos y se convirtieron en el punto de referencia continuo de sus decisiones y de su comportamiento.

Pedro (¡al que eligió Jesús para confirmar la fe del resto!), no habría podido decir un día: «Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra» (Hch 6,4), si no hubiera estado más que convencido de estar siguiendo un comportamiento ya visto en el Maestro.

Esta decisión de Pedro, ¿no tiene nada que decirnos hoy? Estoy convencido de que hoy habría meditado largamente el inicio del capítulo sexto de los Hechos de los Apóstoles: tengo la impresión de que nos estamos moviendo en la dirección opuesta a la que tomaron los apóstoles en un momento muy similar al nuestro.

Incluso los Evangelios nos dicen que la oración de Jesús puso en crisis la oración de los discípulos. Mirando a Jesús que rezaba, ¡se dieron cuenta de que no sabían orar! Y esto es lo que sucede:

«Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “¡Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos!”»

(Lucas 11,l)

La oración de Jesús tenía que ser al mismo tiempo transparente y misteriosa: era una santa oración en la que se veía algo hermoso, pero al mismo tiempo seguía siendo un misterio profundo. La petición de los apóstoles fue espontánea: «Jesús, haznos entrar en este hermoso misterio que se ve en tus ojos y en tu rostro. Jesús, ¡enséñanos a orar!».

Nosotros también necesitamos retomar esta invocación: en efecto, a todos nosotros nos tiene que quedar muy claro que el camino de nuestra oración no ha terminado porque no ha terminado el camino de la fe y tampoco el de la conversión; el camino de conversión, el camino de fe y el camino de oración son caminos al mismo tiempo, son caminos intercambiables.

Apuntes para la Oración Vol.1
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