PastoralSJ
Nacho Narváez, sj

Hay sitios marcados por la tragedia. A veces uno tiene la sensación que hay lugares malditos, países conocidos por guerras, catástrofes o desastres naturales. En el momento de escribir este texto las cifras del terremoto en Siria y Turquía daban escalofríos: casi 10.000 muertos, 40.000 heridos y miles de personas sin hogar ni alimentos. La situación se hace aún más dura en Siria donde este drama se une al de la guerra civil que lleva desangrando aquel país desde hace doce años.

Ayer mismo una persona me preguntaba –más bien, me recriminaba– dónde estaba Dios, el bueno y todopoderoso, ante tanta muerte y sufrimiento. Es cierto que ante determinadas tragedias el aparente silencio de Dios es difícil de explicar. Hasta el propio Benedicto XVI se preguntó en Auschwitz cómo pudo haber consentido Dios tal atrocidad. Pero nuestro Dios no es un ser mitológico que mueve planetas y nubes a su antojo ni envía enfermedades para probar nuestra fe y aumentar nuestra ‘docilidad’.

Frente a la imagen de un dios musculoso, titánico y arbitrario está la otra: la de un padre agarrando la mano de su hija adolescente atrapada bajo los escombros de su propia casa. Él, agotado, con la mirada perdida, no dejaba de sujetar la mano de la pequeña. No podía hacer otra cosa que estar a su lado y esperar un milagro –algo– que la salvara. Sin duda es la mejor imagen para definir el poder y el amor de Dios con nosotros. Un Dios que llora con su pueblo. Que no se aparta día y noche de los más débiles, de los que sufren, de los que mueren.

El poder inconmensurable de Dios es que nunca se apartará de nosotros, pase lo que pase, al igual que hizo aquel padre con su hija.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Post Navigation