La noble y decaída familia romana del Búfalo, el 6 de enero de 1786 se alegró por el nacimiento de un hijo que, habiendo llegado a este mundo en la solemnidad de la Epifanía, fue bautizado con los nombres de Gaspar, Baltasar y Melchor. Desde una temprana edad se sintió atraído por la oración y la penitencia. Gaspar estudió en el Colegio Romano, entonces confiado al clero secular, tras la supresión de la Compañía de Jesús. Dado que su padre era cocinero en el Palacio Altieri, frente a la Iglesia de Jesús, Gaspar aprendió a conocer y venerar a san Francisco de Sales, a quien atribuyó una curación milagrosa obtenida en su juventud.

Entre los carreteros y campesinos: los » barozzari»

En 1798 Gaspar entró al seminario, vistió la sotana y comenzó a proporcionar asistencia espiritual y material a los menesterosos y abandonados de Roma. Se distinguió, en particular, por su gran dedicación al apostolado del catecismo que organizó en el oratorio de la iglesia de Santa María del Llanto, donde explicaba con lenguaje sencillo los principios de la fe cristiana, especialmente a los «barozzari»: los campesinos y carreteros que llevaban la paja al campo llamado «Campo Vacuno», como se llamaba entonces el abandonado Foro Romano. También se preocupó de preparar un grupo de jóvenes capaces para la enseñanza de la catequesis y los envió a servir a los pobres, reviviendo de hecho la Ópera de Santa Gala. En 1808, finalmente, fue ordenado sacerdote e intensificó el apostolado entre las empobrecidas clases trabajadoras, transformando, entre otras cosas, la pequeña iglesia de Santa María en Pincis, cerca de la Rupe Tarpea, en un floreciente centro de piedad.

«No debo, no puedo, no quiero»

En la época de Gaspar, Roma y los Estados Pontificios estaban ocupados por las tropas de Napoleón. La noche del 5 al 6 de julio de 1809 la crítica situación llegó a su clímax y el Papa Pío VII fue encarcelado y deportado. Contemporáneamente, Napoleón obligó a los obispos y párrocos de la ciudad a firmar un juramento de lealtad al nuevo régimen. El 13 de junio de 1810 el juramento se impuso también a Gaspar, quien sin embargo hizo su objeción de conciencia pronunciando las famosas palabras: «No debo, no puedo, no quiero». En ese momento fue encarcelado y llevado al exilio. Cumplió su condena en las cárceles de Piacenza, luego en Bolonia, Imola y finalmente en Lugo, cerca de Ravena, por un total de cuatro años. No volverá a Roma hasta 1814.

Un «terremoto espiritual»

En 1815 Gaspar fundó una nueva Congregación llamada Misioneros de la Preciosísima Sangre. Esta era la devoción que sentía más cercana, estrechamente ligada a la del Sagrado Corazón de Jesús, y se convirtió en su más ardiente apóstol. En realidad, él mismo había experimentado que sólo el amor de Cristo, que había derramado su sangre para la redención de los hombres, era el recurso y el medio más eficaz para obtener la conversión de nuestra humanidad herida por el pecado. Pío VII se dio cuenta de su celo apostólico y confió a su Congregación la tarea de reevangelizar los territorios de los Estados Pontificios y para promover la renovación de la fe y de la vida cristiana. En la práctica le pidió que fuera allí donde nadie quería ir y que se enfrentara a gente con la que nadie habría querido establecer algún tipo di amistad.

El «martillo de los sectarios»

Había en aquel entonces principalmente dos plagas que afligían a Roma y que Gaspar y sus misioneros debían enfrentar: la masonería y el bandolerismo. Contra las sociedades secretas, consideradas como las fraguas de un peligroso secularismo ateo, sus habilidades como predicador tocaron las cimas y alcanzaron resultados inesperados: logró volver a poner en el camino de la fe y de la vida cristiana a logias enteras y sacar a la luz un problema oculto, tanto que se ganó el apodo del «martillo de los sectarios». No menos eficaz fue su trabajo con los bandoleros: yendo en una misión por el camino entre Roma y Nápoles, armado sólo con un crucifijo y la misericordia evangélica, Gaspar se acercó a ellos, les explicó el amor de Jesús que lo llevó a ofrecer su vida y su sangre en sacrificio para la salvación de toda la humanidad. Y así, poco a poco, logró lo que hasta entonces nadie había obtenido: una ciudad menos violenta y más segura.

La muerte y la canonización del «ángel de la paz»

En 1834, gracias a la colaboración de María De Mattias, a quien había conocido a los 17 años, Gaspar fundó la rama femenina de la congregación: las Hermanas Adoratrices de la Preciosísima Sangre de Cristo, que hoy en día tienen misiones en todo el mundo, especialmente en India y Tanzania. Tres años después murió. Fue canonizado por Pío XII en 1954. Hablando de él a los miembros del Capítulo General de la Congregación el 14 de septiembre de 2001, Juan Pablo II les dijo: «Confiado en que la petición del Papa era una orden de Cristo, vuestro Fundador no dudó en obedecer aunque el resultado fue que muchos le acusaron de ser demasiado innovador. Arrojando sus redes en las profundas y peligrosas aguas, hizo una sorprendente pesca.»

Esta es la oración a la Sangre de Jesús de San Gaspar del Búfalo:
Oh, preciosa sangre de mi Señor,
que yo te ame y te alabe para siempre.
¡Oh, amor de mi Señor convertido en una llaga!
Cuán lejos estamos de la conformidad con tu vida.
Oh Sangre de Jesucristo, bálsamo de nuestras almas,
fuente de misericordia, deja que mi lengua,
impregnada por tu sangre en la celebración diaria de la misa,
te bendiga ahora y siempre.
Oh, Señor, ¿quién no te amará?
¿Quién no arderá de agradecido afecto por ti?
Tus heridas, tu sangre, tus espinas, la cruz,
la sangre divina en particular, derramada hasta la última gota,
¡con qué elocuente voz grita a mi pobre corazón!
Ya que agonizaste y moriste por mí para salvarme,
yo daré también mi vida, si será necesario,
para poder llegar a la bendita posesión del cielo.
Oh Jesús, que te has hecho redención para nosotros,
de tu costado abierto, arca de la salvación, horno de la caridad,
salió sangre y agua, signo de los sacramentos y de la ternura de tu amor,
¡Seas adorado y bendecido por siempre, oh Cristo,
que nos has amado y lavado en tu preciosísima sangre!
Amén.

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