La reflexión del obispo Eduardo García.
El testimonio más profético que hoy podamos ofrecer sea precisamente éste: una Iglesia donde las heridas no se oculten, la verdad no se negocie, la justicia no se abandone, pero donde nadie quede condenado para siempre a su peor error.
Porque una Iglesia puede hablar mucho de Cristo; pero cuando perdona, reconcilia, vuelve a recibir y ofrece la posibilidad de comenzar de nuevo, hace visible su verdadero rostro.
El perdón es una de las formas más radicales de la gratuidad cristiana: no se compra, no se cobra y no se negocia. Nace de haber descubierto que nosotros mismos vivimos de una misericordia que jamás podremos pagar.
Quien lleva la cuenta todavía vive desde la deuda. Quien se sabe perdonado comienza a vivir desde la gracia.


