La reflexión del obispo Eduardo García.
Los habitantes de Nazaret tenían a Jesús delante y no pudieron reconocerlo. Conocían demasiado al hijo del carpintero y terminaron perdiéndose al hombre del Espíritu. También nosotros podemos acostumbrarnos tanto al Evangelio que deje de sorprendernos; escuchar tantas veces la Palabra que ya no permitamos que nos cuestione.
La Palabra de Dios no fue pronunciada para tranquilizarnos, sino para transformarnos. No alcanza con escuchar que Jesús vino a liberar a los oprimidos; tenemos que preguntarnos de qué lado estamos nosotros cuando alguien es oprimido.
Porque el verdadero cumplimiento de la Escritura comienza cuando aquello que escuchamos deja de ser solamente una palabra pronunciada y se convierte en una vida vivida.



