Entre los más frágiles entre nosotros están las personas con discapacidad.

Algunos de ellos sufren rechazo, basado en la ignorancia o basado en los prejuicios, que los convierte en marginados.

Las instituciones civiles tienen que apoyar sus proyectos con el acceso a la educación, al empleo y a los espacios donde se expresa la creatividad. Hacen falta programas, iniciativas que favorezcan la inclusión. Sobre todo, hacen falta corazones grandes que quieran acompañar.

Es cambiar un poco nuestra mentalidad para abrirnos a las aportaciones y abrirnos a los talentos de esas personas con capacidades diferentes, tanto en la sociedad como dentro de la vida eclesial. Y así, crear una parroquia plenamente accesible, no significa solo eliminar las barreras físicas, sino también asumir que hemos de dejar de hablar de “ellos” y pasar a hablar de “nosotros”.

Oremos para que las personas con discapacidad estén en el centro de la atención de la sociedad, y que las instituciones promuevan programas de inclusión que potencien su participación activa.

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