(Vatican News – Tiziana Campisi) Hace 10 años, el 24 de noviembre de 2013, pocos meses después de su elección, el Papa Francisco promulgaba la exhortación apostólica en la que indicaba las prioridades que la Iglesia debía afrontar, desde la Iglesia en salida hasta la inclusión social de los pobres.

Algunas definiciones del Cardenal Fisichella, proprefecto del dicasterio para la evangelización.

Documento programático del Pontificado de Francisco

Evangelii gaudium no es sólo el primer documento, es también el documento programático del pontificado del Papa Francisco, él mismo lo escribe en las primeras páginas. Y, por tanto, sigue teniendo hoy un valor muy especial. No se trata sólo de ver cuánto se ha puesto en práctica en estos diez años, sino sobre todo cuánto queda por poner en práctica en un futuro próximo. Los temas de la Evangelii gaudium son, en muchos sentidos, fruto del debate sinodal de 2012 dedicado precisamente a la nueva evangelización y a la transmisión de la fe. El Papa ha hecho suyas muchas de las declaraciones, estudios y discusiones de aquel sínodo y las ha incorporado a su documento, pero también hay grandes innovaciones: por ejemplo, en la dimensión social, en la necesidad de que la Iglesia sea pobre, en la insistencia en que haya un cambio de cultura a la hora de tratar diversos temas. Es un documento programático que conserva toda su fuerza impulsora y provocadora.

Iglesia en salida

Cuando el Papa Francisco habla de una evangelización itinerante -porque Jesús tuvo una predicación itinerante-, no hace más que insistir en la necesidad del encuentro personal que la Iglesia debe cuidar, que los creyentes deben hacer con todos. Por tanto, el primer momento de la evangelización es el de la puesta en camino. En Evangelii gaudium encontramos la expresión, repetida varias veces por el Papa Francisco «Iglesia en salida», de una Iglesia, es decir, que asume la conciencia de ser misionera, una Iglesia que siente fuertemente la responsabilidad de ser evangelizadora y, por tanto, de llevar la fuerza del Evangelio, pero también la belleza del Evangelio, a todos, sin excluir a nadie.

En diálogo con la cultura de nuestro tiempo

En Evangelii gaudium el Papa Francisco insiste en que la evangelización entra en las culturas, y al entrar en las culturas el primer acto es conocerlas, tratar de comprender lo que hay de positivo en ellas, identificar la «semina Verba», es decir, las «semillas de la Palabra», la presencia de la verdad cristiana escondida en tantos elementos. Hoy tenemos un gran desafío, que es un desafío global, porque la cultura se está globalizando cada vez más a través de la cultura de internet, que tiene facetas extremadamente positivas, pero también muchos aspectos que plantean profundos interrogantes. Entre estos interrogantes está el cambio de comportamiento que implica la cultura digital. Existe, por desgracia, una forma muy profunda de individualismo, que conduce al encierro en uno mismo. Este individualismo es uno de los peores peligros de la evangelización, porque la evangelización habla de encuentro, de relación interpersonal, de anuncio, de amor. Encerrarse en uno mismo es, en cambio, lo contrario, no permite a la persona vivir una identidad profunda y alcanzar la madurez personal. La cultura digital actual es una cultura global y, por tanto, toda la Iglesia se ve interpelada, más que nunca, en este terreno. Debemos intentar, en primer lugar, en mi opinión, comprender en qué consiste la cultura digital. Ciertamente no podemos detenernos en la mera herramienta que utilizamos: el PC, el teléfono móvil y las formas de comunicación que utilizamos, desde Facebook a Instagram, etc. La cultura de Internet, la cultura digital, se refiere a la inteligencia artificial, y debemos tratar de entender en qué consiste y qué consecuencias puede tener, no sólo a nivel antropológico -la dimensión de la persona- sino también a nivel social, y por tanto qué elementos entran en crisis. Pienso, por ejemplo, en el tema de la libertad, en el tema de la verdad y en la búsqueda de la verdad que es realmente verdad y no preempaquetada por diversos algoritmos, en la capacidad de ser profundamente libres y no estar sujetos a determinaciones ocultas que operan en esta cultura. Todavía poseemos un lenguaje muy clerical, que no es comprendido en su patetismo semántico, por lo que necesitamos un nuevo lenguaje y una nueva capacidad de intervenir en esta cultura tratando de hacer comprender la belleza del Evangelio.

Ante el drama del mundo, un anuncio de esperanza

Los cristianos podemos utilizar con más fuerza la palabra dramático, porque en la tragedia no hay esperanza y éste sería el fracaso de nuestra presencia evangelizadora en el mundo. Dramático, en cambio, significa que hay una acción muy fuerte en la que todos estamos implicados. El drama involucra, pero en el drama hay esperanza. En la situación dramática que estamos viviendo -lo que el Papa Francisco llama la «tercera guerra mundial hecha pedazos»- es necesario un anuncio de esperanza típicamente y fuertemente cristiano. El hombre de hoy, en la cultura digital, vive con tantas esperanzas, que tenemos la responsabilidad de anunciar la «esperanza», aquella que las unifica, que las proyecta hacia el futuro y que ayuda a comprender y vivir el presente dándole sentido. El drama de las guerras, que son reales, no debe, sin embargo, hacernos olvidar el drama de la violencia de la que somos testigos a diario en nuestras ciudades. ¿Cómo olvidar que en un país como Italia hemos alcanzado ya los 103 feminicidios? Para mí es un gran drama, que indica una vez más que falta cultura, amor, responsabilidad, respeto, que son anuncios distintivos del Evangelio. El amor implica respeto, implica responsabilidad. Mirar las guerras es necesario, porque todos debemos ser artífices de paz, pero la paz se construye en la familia, en las ciudades, en los barrios, en las comunidades, donde necesariamente debe volver el respeto, la responsabilidad por lo que el otro es para mí.

A 10 años, la urgente labor de la evangelización

Hay que ver luces y sombras. Creo que la actualidad del Sínodo sobre la sinodalidad nos devuelve a esa corresponsabilidad fundamental que todos deseamos -incluso con los ministerios diferenciados que tenemos dentro de las comunidades- en el anuncio del Evangelio. El Sínodo quiere también que todos los bautizados, en virtud de su Bautismo, redescubran la urgente labor de evangelización. Estas luces resplandecientes -la Evangelii gaudium, que trae consigo toda la enseñanza de Pablo VI contenida en la Evangelii nuntiandi, la realidad del Sínodo, todo el magisterio de estas décadas que poseemos- todavía ven, sin embargo, sombras, que son el cansancio en nuestras comunidades y la indiferencia todavía fuerte y presente en el mundo. Me parece que la evangelización, como nos recuerda, entre otros, el Papa Francisco en la Evangelii gaudium, pasa más fácilmente por la vía de la belleza, es decir, la via pulchritudinis, que es una vía privilegiada para anunciar el Evangelio, porque nos permite recorrer caminos que corresponden a un deseo presente en los hombres, las mujeres y los jóvenes de nuestro tiempo. La via pulchritudinis, que se extiende de la literatura al arte, la música, el cine, la contemplación de lo bello, la naturaleza, la liturgia y los encuentros intrapersonales, puede ser verdaderamente eficaz y fecunda para corresponder a la enseñanza de la Evangelii gaudium.

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