Los padres y el nuevo catecismo sobre la compasión de Jesús ante los enfermos.

San Beda: «Es sordo y mudo el que no tiene oídos para oír la palabra de Dios, ni lengua para hablarla; y es necesario que los que saben hablar y oír las palabras de Dios ofrezcan al Señor a los que ha de curar».

Lactancio (autor eclesiástico): «Abría los oídos a los sordos. Es cierto que hasta entonces no se había visto una obra celestial tal. Pero con ella declaraba que en breve sucedería que quienes no conocían la verdad iban a oír y a entender las palabras divinas de Dios. Y es que se puede llamar auténticamente sordos a quienes no oyen lo divino, lo verdadero y lo que se debe hacer. Hacía que hablaran las lenguas de los mudos. ¡Admirable poder! Pero en este milagro subyacía otro significado, con el cual estaba mostrando que los que hasta hacía poco eran ignorantes de las cosas celestiales iban a hablar sobre Dios y sobre la verdad, tras haber aprendido la ciencia de la sabiduría».

CATECISMO DE LA IGLESIA

Curación de enfermos: signo de la presencia salvífica de Dios
1503: La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7, 16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.

1504: A menudo Jesús pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos, barro y ablución. Los enfermos tratan de tocarlo, «pues salía de Él una fuerza que los curaba a todos» (Lc 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa «tocándonos» para sanarnos.

1506: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el «pecado del mundo» (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.

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